Don Fernández,

El Presidente Hugo Chavez se explica delante un público de intelectuales franceses (La prensa 28.10.99)

Don Fernández es chileno. Es un perro. Don Fernández es un perro chileno. Fernández es realmente el nombre que le dio su dueño, -palabra particularmente impropia para designar la amistosa complicidad y la estima recíproca que unen a Don Manuel y Don Fernández. Don Fernández es un personaje autónomo. Comparte su existencia, a contento de sus humores, de sus deseos o de toda determinación ignorada de nosotros, entre el departamento y el jardín de la residencia. Toma sus comidas indiferentemente en la cocina o en los vecinos que le hacen la mejora acogida. Para su acostada pasa lo mismo. Elige, según la meteo, la alfombra de la entrada o la carpeta del balcón, al menos que sea un rincón de hierba bajo las acacias o en la casilla del guarda, pero nunca en una caseta afectada. Indiferente a la función de vigilancia del domicilio, no es del género de llevarte el diario. Domina sin embargo las categorías de lo conocido y de lo desconocido, de lo neutro y del amigo, de lo sospechoso o de lo hostil. Sus manifestaciones de reconocimiento ignoran el servilismo y el seguidismo husmeador de sus congéneres. Sin cuerda, ni collar, Don Fernández es un individuo libre. Pelaje negro y blanco del todo común, tamaño apenas medio, pero pecho sólido y firme sobre sus patas, este indiscutible bastardo goza de una popularidad asegurada por los alrededores. La jovialidad de su espíritu de independencia le vale una amplia consideración. Salvo de parte de las propietarias de hembras con pedigrí, cuidadosas en proteger sus criaturas de un garañón tan temible. No obstante todas las precauciones se revelan vanas enfrente al apetito y a las cuñas de Don Fernández siempre dispuesto en embarazar chicas y en multiplicar los bastardos. El celo en efecto no parece en el temporal, se acercaría mas bien de aquel del homo sapiens, su alter ego dotado de lenguaje.

Por eso, sería inconveniente establecer cualquiera comparación que sea entre Don Fernández, perro chileno y sus homólogos de la vieja Europa, franceses en particular. Chocos laceados, cuatro –patas domesticados, falderos, mujolos de boudoir, o cerberitos con dientes limadas, lejos de dar complejos a nuestro gallardo, harían pálida cara al lado de su alegre energía.

Del animal al hombre, la consecuencia es buena. Sería tiempo acabar con la pareja de arrogancia paternalista y de sumisión admirativa que regla las relaciones Norte-Sur.

Asegúrese, Señor Presidente, no tiene usted ninguna necesidad de los "consejos" de los intelectuales franceses. Los latinos permanecen "la sal de la tierra" .

Y muchas gracias a Don Fernández por su lección.

Georges Labica

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