Capítulo MCVLIII de las Aventuras de Don Manuel El Sarnoso y los Ingeniosos Hidalgos del 68


Donde se relata como El Sarnoso cambió su Apodo a El Triste y fuera de nuevo alegrado por las Siete Compasivas y soñó con la Princesa de las Lluvias


Andaba triste El Sarnoso, otra vez viudo y de vuelta en sus pobreríos con la cola entre las piernas, porque luego de permanecer por Las Ginebras, al servicio del económico Chino, pero principalmente a la bolsa de La Gitana y de su hermano Don Jaime de La Sarna, durante un lustro completo, habíase hecho los crespos el bolsero de permanecer por allá diez años enteros en compañía de su Señora La Gitana, quién todavía por esos pagos quedaba; aventuras aquellas todas que se relatan en el capítulo LMCXXII de estos pliegos.


Tan triste andaba el desgraciado que le dio por cambiar su apodo a Don Manuel El Triste y su nueva divisa era “Nada me conforma, Nada me contenta”.


Y así se juntaba con los otros caballeros, en la venta del Ibérico que de la península provenía el charlatán dueño de la venta esa, a recordar viejas batallas y jugar ajedrez con Don Alejandro el Gordo, que era como El Magno pero más guatón, y por esos días era del Sarnoso, ahora El Triste, su más cercano compinche. Grandes eran los desatinos de Don Alejandro y El Triste, que andaban entrambos vendiendo unos ingenios rusos, que de las estepas le enviaban al Gordo, que aseguraban eran capaces sin leña ni carbón ni casi nada, de calentar habitaciones y reconfortar viudas, que las andaban buscando para regalárselos, y bien conformes en verdad quedaban ellas, sin que se supiera si era por los calores o por la gracia que les hacía ver al par de locos que ensombrerados y ridículos andaban alabando las maravillas de sus mercachiflerías; que así juntaban unos dinares los compinches para ir adonde el Ibérico a tomarse una sangría y pasar sus penas barruntando fórmulas de cómo salvar el castillo del Gordo y la cabalgadura del Triste del remate de sus acreedores y otros proyectos enloquecidos.


Pero como siempre ocurre en estos casos, de tanto verlo deambular al pobre caballero hablando solo, montado en su flaca cabalgadura más desvencijada que el mismo jinete, algunas almas compasivas finalmente se apiadaron de él. “Me dio un poquito de pena” le confesó una de las compasivas a otra y así, una con la de más allá le fueron levantando el ánimo al llagado.


Avisada de las penas del pobre bruto por la gentil y hacendosa Doña Angélica La Cuidadora, una mañana a tomar desayuno en su derruido castillo con El Triste y Doña Ximena y Don Eugenio de la Sarna que por esos días allí también moraban, llegó nada menos que la mismísima Reina Doña Elsa, La Encantadora; la bella, agraciada graciosa y discreta Reina de Chile, cuyo legendario talante, chispeante humor y talento la reputaban por el mundo entero y hasta en las Indias del Oriente como la mejor de todas en el oficio más bello que ningún otro, de las representaciones, que el mismísimo Homero desde su tumba la pedía para representar a sus musas. “Harto demoró el huevón en darse cuenta”, declaró la delicada dama - que muchos años atrás hubiese acompañado a El Sarnoso, quién combatió allí bajo su enseña, en las guerras de acabo de la usurpación - mientras despachaba su tercera pierna de cordero que por desayuno le ofrecía La Cuidadora; cuando se enteró por ella que El Triste la lloraba desconsolado y decía que nadie más en todo el Reino que sólo ella y ella sola, La Encantadora, era capaz de sacarle de su tristeza quizás una sonrisa.


Y así, encabezadas por Doña Elsa, fueron llegando una tras otra las afanadas amigas de El Triste, hasta completar el número cábala de siete, Las Compasivas, y de a poco con sus amorosos cuidados fueron volviéndole el alma al cuerpo y el apodo a El Sarnoso. Y tantos fueron sus cuidados que terminó el pobre tonto cantando sólo y de puro contento mientras cabalgaba el ahora felizcote, entonando para sí y sin importarle el asombro de los demás transeúntes que lo miraban como el loco que era, el afamado himno de El Sarnoso y La Gitana.


Y entre tanto cabalgar y cantar y de tanto cuidado de las Siete Compasivas, se le hizo la idea al Triste, que ya no lo era tanto, y así lo andaba imaginando y dando por cierto lo que era no otra cosa que la fiebre de su locura, que lo había secuestrado una Princesa. Bella, hermosísima, más preciosa que la mismísima Blanca Nieves era esta Princesa, aunque más negra todavía y chiquitita que la legendaria Amatista del Rey Salomón, y bien tentadora y maldadosa; pero no por ello menos práctica, que hasta por hábil constructora de lindos castillos de montaña y de mar, era reputada y de sus manos pequeñas salían cotidianos pregones que engatusaban a medio Reino y por hacer los cuales cobraba a los engatusadores bolsas de monedas de oro. Y soñaba El Sarnoso que lo había secuestrado La Princesa en medio de lluvias torrenciales, en un carruaje blanco bellísimo, de cuatro caballos tan fuertes y buenos pisadores que los barriales del diluvio los trasformaban ellos en mullidas alfombras y que se lo había llevado a un castillo oculto entre los cerros, donde lo mantuvo por un año completo de ella prisionero. Y durante todo el año aquel, había la Princesa transformado los diluvios celestiales que sin cesar cayeron todo el tiempo, sin parar casi, en torrentes incesantes y repentinos torbellinos borboteantes de amorosos humores, en los cuales había mantenido La Princesa al Sarnoso sumergido, ahogado y borracho tan completo que ni de comer se había acordado ni de nada ni otra cosa, arrebatado por entero en el embriagador embrujo de los aromas prohibidos.


Claro que poco le duraron al Sarnoso, ahora El Contento, sus felices ensoñaciones, porque alertada La Gitana en Las Ginebras por las de su Banda que el de la Sarna andaba sonriente como unas pascuas y sin importarle nada en el mundo, que en todos lados se andaba derrumbando por esos días, que no fueran los cuidados de Las Compasivas; se puso en campaña de inmediato y echó a caminar todos los maleficios y a preparar todos los menjunjes que a su celosa raza le son naturales de nación. Así lo despertaba La Gitana al Contento cada mañana oscuro, que mientras en el Reino de Chile todos dormían, en Las Ginebras era ya mediodía, con tantas risas y amorosos requiebros que el que antes era El Triste todos se los creía y más contento se ponía; y mandaba a las de su Banda, más que a ninguna a la dulce, inteligentísima y discretísima, además de bella y sin par Doña Rosa y María, que dos nombres y diez fueran pocos para tantas virtudes de esta dama, pero también a Doña Patricia la genial, que inteligente decir de ella era poco, ingeniosa y graciosa maledicente, que entrambas y con las otras de la Banda de Carmen La Gitana, más engatusaban al Sarnoso que no cabía en sí de Contento. Sin saber el pobre diablo, que a las paralelas, tramaba La Gitana un retorno anticipado de su exilio y que no bien cortaba de enviarle sus matinales requiebros, se revolvía la Cíngara como un escorpión en celo, furiosa y lista para sacarle al Contento los ojos y cortarle otras partes en pedacitos pequeños para alimentar con ellos a su perro.

 

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La furia de la Emperatriz del Brasil con Las Compasivas