Estimadísimo Caballero Don Marcel, El Joven,

 

Agradecido de sus envíos de historias de caballería desde tan lejos en las Europas, debo mencionar que es interesante apreciar como algunos de estos autores rapidamente se ubican para quedar más o menos guarecidos frente a las tormentas que se nos están viniendo encima a todos los reinos del mundo.

Le envío de retorno un relato (ilustrado) de las aventuras de Carmen La Gitana en las fiestas organizadas con motivo de celebrarse el aniversario 25 de la gesta del recordado Rey Don Salvador. Tal relato fue encontrado entre bajo las graderías del Coliseo del Reino, por un vendedor de un bocadillo denominado "sanguche de potito", conocido por su repulsiva naturaleza, pasable sólo de los más bastos paladares.

 

 

 

Capítulo XXXIV de Las Aventuras de los Hidalgos del 68

Donde se Relata la Gresca Armada por la Banda de Carmen La Gitana en las

Fiestas donde se recordaban los 25 años de la muerte del buen Rey Don Salvador

 

Asistió a aquellas festividades Carmen La Gitana –quién se encuentra por estos días en el Reino de Roma firmando las actas fundacionales del Tribunal de Paramalos– acompañada de El Sarnoso.

Este caballero, si bien tiene cortados los puentes de tan tormentosa alianza, de tanto en tanto se deja invitar de La Gitana a ciertas actividades muy selectas, en preparación de un próximo y anunciado intercambio de embajadores. Tales emisarios tendrían, se dice, por ambos encomendada la misión de estudiar condiciones para reanudar la mencionada alianza entre La Gitana y El Sarnoso. Pero eso es motivo del capítulo XXXXVII de esta historia.

A no más lllegar al Coliseo descubrió El Sarnoso que La Gitana había conspirado con varias damas de su llamada Corte para asistir todas ellas juntas a estas fiestas. Vióse de tal manera el pobre caballero medio desamparado, sentado en el mismo centro de la Corte de La Gitana.

Conformaba dicha Corte en primer lugar Doña Estela, Reina de ñuñoa, con quién La Gitana, a no más llegar, intercambió algunos gruñidos y arañones. Reprochale La Gitana a esta noble Reina el, según ella, haberse aprovechado de la ruptura de su alianza con El Sarnoso y haberlo invitado a algún torneo en su ausencia. Dejó esta gresca de entrada al desafortunado caballero sumido en la humillación y a punto de abandonar, sin más, Gitana y fiestas del Rey.

Entre otras damas de la Corte de La Gitana presentes en el Coliseo se encontraban la bella Doña Carmen La Bailarina, la discretísima y sin par Doña Rosemarie del Buen Nardo, Gran Duquesa de Guatemala y Reina de Loncoche, Doña Jinny de las Arancibias, quién venía de enfrentar ella sóla a todo el Ejército del Reino y nada menos que la a la vez fiera y delicada Doña Raquel de Cumpeo quién, como se verá más adelante en el relato, hizo honor en esta ocasión más a la primera virtud que a la segunda. Unas bancas más abajo se podía ver a la sin par y discretísima Doña Patricia acompañada del noble Caballero Negro, su consorte y señor, único caballero, además como se ha dicho en otros capítulos, en las Cortes de Carmen La Gitana. Se hallaba asimismo en el Coliseo aquella tarde Doña Claudia de Chaiman, conocida por su legendario donaire y atractivo, capaces de enloquecer a todos los que no hubieran enloquecido ya siguiendo los estrafalarios arrebatos de su humor desaforado. La acompañaba su marido, el muy discreto licenciado don Juan, miembro a la sazón de las Cortes del Reino, en representación de la localidad de Olmué.

Sucedió que a poco andar las fiestas, recabaron con asombro todos los presentes que los descendientes del Rey Salvador, aconsejados por malvados y acomodaticios visires, habían organizado en su honor una simple y bastante vulgar estudiantina, en lugar de los cantos de gesta que merece tan gran señor, el más grande de su pueblo.

Sabido es que este legendario Rey encabezó en batalla a su pueblo entero para recuperar las minas del Reino, en poder por entonces –y nuevamente por estos días–del extranjero imperio. A los suyos repartió el buen Rey las tierras abandonadas por centurias, les dió leche, letras, abrigo, pan y cebollas. Es de sabios conocido que fueron estos grandes avances los que en verdad cimentaron los rápidos progresos que–no sin terribles penurias de todo tipo durante la regencia del Usurpador– trajeron a la postre tales progresos a este Reino que al mundo entero han dejado maravillado.

Dícese que malvados visires–calculando que tanta memoria peligrosa podía perjudicar a un pretendiente suyo de ahora al trono del Reino–decidieron mejor silenciar las grandes conquistas por aquel Rey logradas. Sobretodo porque dichas conquistas –como todas las grandes hazañas–fueron logradas con el pueblo alzsado en terrible batalla contra quiénes siempre quisieran dejar todo igual como tanto les conviene, es decir igual. Presentaron así estos visires en las fiestas al viejo Rey como un abuelo bonachón, querendón de sus nietos, aplaudido de su pueblo y bombardeado por El Usurpador, el que dejó además muchas viudas inconsolables. Todo ello informado además al son de Estudiantinas.

Al poco de desarrollarse así las fiestas, empezó a impaciantarse La Gitana y a farfullar murmuraciones, las que a poco pero todavía en sordina pasaron a denuestos e imprecaciones, a la usanza en mujeres de tan bravías tribus. Lo que nadie imaginó, sin embargo, es lo que vendría después. Aseguran los que asistieron a esas gradas del Coliseo–las reservadas usualmmente para nobles y visitantes ilustres– que nunca, ni siquiera en los peores momentos de bajas pasiones que desata el conocido juego de pelota, vióse por allí un desorden igual.

Cuentan los que las vieron que, llegado a un punto de las fiestas, se despojaron Carmen y las damas de su así llamada Corte de los riquísimos mantos que las envolvían. Bajo los discretos y elegantes mantos de aquellas damas, aparecieron entonces todos sus zíngaros atuendos. Atrevidos escotes, vuelos, polleras, enaguas y pañuelos multicolores, sinnúmero de pulseras y hasta panderetas salieron al punto a relucir.

No daban crédito a sus ojos cuantos las miraban, al ver como reaparecía, como relatan historias de los viejos tiempos en los bajíos de Cadiz, la legendaria Banda de Carmen La Gitana.

Instalada en la escena la Banda de Carmen la Gitana, fue tal el jaleo y alboroto que de inmediato armaron que quedaron por ciertas y discretas todas las historias y leyendas que de ella se contaban. Agitando panderetas y escotes chillaban las Gitanas, siguiendo las voces impuestas por Raquel de Cumpeo, en un extremo y por la mismísima Carmen La Gitana en el otro. Eran tales y tan procaces sus imprecaciones y denuestos que los asistentes al Coliseo no podían sino maravillarse que gente tan soez pudiese respirar el mismo aire que ellos. Llegaron veloces a sumarse al coro de las gitanas aquella zíngara conocida como Claudia La Rucia, que enloquecida, insultaba a los concurrentes mientras zapateaba en los escaños del coliseo. La acompañada un paje gitano flaco, que no por viejo y desdentado dejaba de bailotear y proferir insultos y estribillos más aún que la peor de las gitanas.

Entre su terrible vocinglería se podían distinguir todos los destemplados cánticos, estribillos, denuestos e imprecaciones gitanas que en los tiempos del buen Rey don Salvador entonaran tan entusiasamente muchos de los mismos que ahora, desde mullidos cojines de las graderías más exclusivas del Coliseo, escuchaban en respetuoso silencio la Estudiantina en honor al fallecido soberano y hacían feas muecas por los desmanes de las Gitanas.

Sentado unas gradas mas abajo de la trifulca de Gitanas se hallaba otro afamado miembro de esta alborotadora raza, conocido como Manuel Antonio de las Garretas. Era este de las Garretas gitano oriundo de otra tribu, rival secular de aquella donde proviene la de Cadiz. Es famoso este gitano por su genio tan rápido e ingenio tan maldadoso como desgarbada y flaca es su figura. Habiendo sido en sus tiempos partidario del Rey Don Salvador, era ahora uno de los visires que malos cálculos hacían para olvidar las grandes obras de aquel soberano.

Famosa fue la gresca años ha por la de Cadiz y el de las Garretas entrambos armada. Cometió por entonces algún soberano el desatino de nombrar al de las Garretas Gobernador de la pequeñisima ínsula de La Michita, donde residía a la sazon también La Gitana. No bien instalado en su pequeño palacio, tuvo el flamante Gobernador la descabellada idea de prohibir los perros, mascotas tan odiadas de su tribu como favoritas de la tribu de La Gitana. Respondió ésta de inmediato al bando del Gobernador bautizando con escándalo a los numerosos perros, canarios y otros pajarracos que posee por mascotas, con los cristianos nombres de Manuel Antonio, José Joaquín, Juan Enrique, José Miguel y otros por el estilo. Sabido es que reponden a tales nombres el propio a la sazón improbable Gobernador y los miembros de su tribu, conocidos todos ellos como los de Mapucia. Atizado el de las Garretas insultó a la Gitana, a la sazón por meses postrada en cama debido a dolencias tan terribles como misteriosas y al decir de algunos imaginarias. Saltó de inmediato El Sarnoso en defensa de la por entonces su Señora y se dirigió lanza en ristre al pequeño castillo del Gobernador, acompañado prudentemente por Ger de la Michita. Allí hicieron nuevamente gala de su prudencia tanto El Sarnoso como el de las Garretas, puesto que ninguno traspuso las puertas de aquel castillo, profiriéndose a través de ella, en cambio, terribles amenazas y maldiciones. Resultó finalmente de aquella gresca que el de las Garretas abdicó esa misma tarde a la gobernación de la ínsula de La Michita, librándose así los habitantes y perros de ese territorio de las enloquecidas medidas de tal gobernante, tan poco discreto como nunca se viera otro igual.

Conocido así el carácter del de Las Garretas, era de ver y maravillávanse todos de su talante aquella tarde, mientras escuchaba en el Coliseo la trifulca de la Banda de Carmen La Gitana. Se escuchaba el rechinar de sus dientes dos y hasta tres gradas mas alto y otras tantas más abajo de donde estaba, moviéndose sin cesar en su asiento, desde el cual cada tanto se paraba sólo para volver a poco, su sufrimiento a prolongar.

Cuentan los que asistieron al desaguisado de las Gitanas que mucho se aliviaron todos–en especial El Sarnoso, quién se aprestaba a entrar en batalla en cualquier momento en defensa de la banda de su Señora–cuando las bellas zíngaras recordaron que tenían hambre y se retiraron raudas de la trifulca por ellas armada, en medio del ruido de sus polleras y enaguas, prestas a despacharse un cordero y varias jarras de vino.

(Siguen papales manchados por los ingredientes de los "sanguches de potito", entre los cuales parece apreciarse un grabado, que se copia a continuación)

Daguerrotipo de un grabado de época que, se dice, representaría a la Banda de Carmen La Gitana, en actitud de complacida beatitud, escuchando una Estudiantina