(traducido del original portugués por la unidad de traducciones de la Embajada de Chile en Brasil, la que ha encontrado referencias a otros escritos similares en Amehd_Samir_Bey.html, Xagra.html y Gitanas.html Al mismo tiempo, para comodidad de los funcionarios, se adjuntan versiones en pdf de la presente traducción)

 

Delegacía Especial do Atenimento a Mulher (DEAM)

Santa Barbara D’Oeste

SP, Brasil

 

MEMORANDUM

 

DE: Vera Lúcia da Silva, Titular, Delegacia Especial do Atendimento à Mulher - DEAM

A: Sr. Rodrigo Nieto, Secretario del Agregado de Asuntos Culturales, Embajada de Chile en Brasil.

CC: Rario Temporim, Titular, Delegacía da Crianca e do Adolescente — DCA

REF: Remite escritos

FECHA: Quinta-feira (jueves), 24 de Outubro de 2002

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La delegada que suscribe, respetuosamente, viene en remitir por su intermedio, al Sr. Agregado de Asuntos Culturales de la Embajada de Chile y por su intermedio a las manos de su señoría, el Embajador de la República de Chile y para su mejor disposición, los escritos que se acompañan y en el mismo estado en que fueran recibidos.

Por los motivos que se señalan más abajo, no puede descartarse de manera definitiva la posibilidad de presentar algunos visos de verosimilitud la desmedida pretensión del contenido de los referidos escritos, los que dicen corresponder a nuevos e inéditos capítulos de la mundialmente conocida saga de los Ingeniosos Hidalgos del 68, esta vez con el relato de supuestas aventuras de Don Manuel El Sarnoso en el Brasil.

Es de conocimiento público, por otra parte, que la prensa nacional y especialmente la prensa local de carácter sensacionalista, han venido especulando desde hace algunas semanas acerca de que existirían ciertos indicios del paso por el Brasil del mencionado personaje. Dichos rumores han creado, explicablemente, cierto clima de ansiedad en la opinión pública, el que ha sido calificado por las autoridades como altamente inconveniente durante el período eleccionario por el que atraviesa el país.

Por lo mismo, de manera responsable y sin comprometer de modo alguno a esta Delegacía en la confirmación o rechazo de la autenticidad de los escritos que se acompañan, se hace entrega en este acto de los mismos a la Embajada de la República de Chile, deslindando de este modo y en lo sucesivo, cualquier responsabilidad de esta Delegacia al respecto.

Como puede comprobarse de la revisión de los mismo, los remitidos están manuscritos en forma desordenada, con mala letra, plagados de correcciones y tachas. Utilizan, al parecer, el idioma español, pero en un fingido estilo que aparentemente pretende imitar el arcaico de los clásicos de caballería de esa lengua, en especial al Quijote de La Mancha.

Todo lo anterior fue confirmado y expuesto por el Delegado Rario Temporin, Titular de la Delegacía de Crianca e do Adolescente — DCA, que funciona en la oficina de al lado de la presente Delegacía Especial do Atendimento à Mulher, en el edificio de la Prefectura de Santa Bárbara D’Oeste, a quién se remite copia de este oficio. El Sr. Delegado Temporin fue consultado por la Delegada que suscribe, en razón de su cabal conocimiento del idioma español, adquirido durante sus primeros años de vida, los que han transcurrido en la República de Chile, donde residía por entonces junto a sus padres, quiénes fueron primero exiliados y más tarde presos en ese país, siempre por razones de índole exclusivamente política. También fue consultado el Sr. Delegado Temporin, en razón de que la Delegacía de la que es titular ha quedado a cargo de la custodia de la menor RJL, que se menciona más abajo.

Como es asimismo evidente, los papeles están inmundos, con manchas de todo tipo, entre las que destacan las de cerveza y salgados, todo lo cual despide una mezcla de olores de una fetidez insoportable, en la que predomina el ajo. Los testimonios recogidos indican que su aparente portador y eventual autor, al cual se refiere lo que sigue, despedía una pestilencia similar. Pueden encontrarse asimismo en los papeles manchas que corresponden a lágrimas. El origen de éstas, sin embargo, no debe en modo alguno atribuirse a la eventual emoción originada en alguna persona por la lectura de los mismos, sino que corresponden a parte de las que fueran derramadas copiosamente por la portadora de los referidos, en esta misma Delegacia, por motivos completamente diferentes y que señalan más abajo.

Los escritos fueron encontrados en la Feria do Gama de esta ciudad, la pasada terça-feira (martes) 22 de Outubre de 2002, por la feriante Leosima María de Jesús, viuda de Balaio, abandonados encima de una pilastra de salgados, en el puesto de la referida feria, que atiende junto a su actual marido, Francisco José Mendes dos Santos, Linho. Los mismos fueron en la misma fecha traídos y olvidados a su vez en una silla de esta Delegacia, por la referida feriante Leosima María de Jesús Balaio, cuando ésta concurrió a deponer una denuncia contra su marido, el tarado Francisco José Mendez dos Santos, por agredir a su nieta de ella, R.J.L ,de apenas seis años de edad, con evidentes propósitos pedófilos. La agresión no habría producido los resultados buscados por el tarado Linho sólo en virtud de la inmediata y fiera reacción de la menor RJL, a consecuencia de la cual el tarado dos Santos sí presentaba, en cambio, numerosas muestras de rasguñones y arañazos.

El referido tarado Linho fue capturado poco después, por personal de esta Delegacia, mientras vendía salgados en el antes mencionado puesto de feria. Interrogados posteriormente el detenido, tarado Linho, su denunciante esposa, Leosima Balaio y la nieta de ésta última, RJL, en relación a los escritos en cuestión, pudo establecerse (principalmente en base a la más clara y coherente deposición de la locuaz nieta RJL) al respecto lo que sigue.

Los escritos fueron abandonados en la referida pilastra de salgados por un individuo de edad indeterminada, muy avanzada en todo caso, de aspecto inconfundiblemente árabe, posiblemente libanés, que estuvo merodeando por la Feria do Gama durante toda la mañana de la terça-feria (martes) 22 de Outubre de 2002.

El árabe en cuestión preguntaba insistentemente a todo el mundo en la feria acerca de cómo llegar a la Universidad de Campinas, de lo cual todos deducían que el sujeto, como ocurre a diario con centenares de motoristas, se había confundido en trayecto desde Sao Paulo, pasando de largo el desvío a Campinas y terminando por venir a parar a Santa Bárbara D’Oeste (la Delegada que firma, junto al Delegado Temporin, han aprovechado la ocasión para enviar un oficio reclamando por la referida mala señalización caminera al Sr. Gobernador saliente y a los dos candidatos a la gobernación entrante que quedaron para segunda vuelta electoral, del Estado de Sao-Paulo, pensando que sin duda la alusión a los escritos que se remiten hará que se fijen esta vez en el problema y se adopten medidas para resolverlo).

Era evidente por su aspecto y, como se ha mencionado, por su pestilencia, que el árabe en cuestión no había dormido ni se había aseado por varios días, quizás semanas. Era asimismo evidente que no había comido durante muchas horas y que no disponía sino de poco dinero, puesto que recorrió durante toda la mañana la Feria do Gama, devorando todo tipo de frutas, quesos, requesones, cecinas y cuanto producto le fuere dado a probar por los feriantes. Por los testimonios recogidos de éstos, es posible calcular que el árabe debe haber consumido, en el curso de la mañana del día 22 de Outubre, varios kilos de productos regalados, especialmente mangos, guayabas y castañas de cayou, fruta esta última por la cual mostró una especial predilección. Sólo se le vio desembolsar algunos arrugados y mugrientos billetes para pagar salgados (conocidos en Chile como empanadas) de carne, queso y palmitos, de los cuales consumió varios, e innumerables vasos, botellas y latas de cerveza, la que bebía ansiosamente como si fuese agua. Era asimismo evidente que el árabe se encontraba en completo estado de intemperancia y que llevaba probablemente, en ese estado y bebiendo sin parar, varios días, con sus respectivas noches.

Con todo y aparentemente empujado por una obsesión terrible, se lo vio varias veces al árabe, en el curso de la mañana, sacar de un viejo y sucio bolso de cuero que portaba, un fajo de papeles mugrientos, a todas luces los que se acompañan a ésta y proceder a garrapatear cada vez por largos momentos en ellas, párrafos y más párrafos de escritura, en forma estentórea. Al mismo tiempo lloraba y pronunciaba sin cesar el nombre de Sofía, que posiblemente se refiere a una amiga suya que aparece en los escritos y a la cual aparentemente el infeliz echaba de menos

Sólo se retiró el inmundo árabe de la Feria do Gama y con destino desconocido cuando, según informan y corroboran numerosos testigos, la misma nieta RJL luego atacada por el tarado del marido de su abuela, azuzada esta vez por su propia abuela Leoncia Balaio y comandando una nube de rapazuelos, empezó a hostigar al goloso intruso árabe, gritándole sin parar "¡Bobino! …¡Bobino! …¡Bobino!…..".

La referida nieta RJL - hija del conocido criminoso Balaio, quién asoló durante años la ciudad fronteriza de Foz de Iguazú y murió a principios del presente año, descuartizado por sus pares, a quiénes habría delatado - es una rapazuela de vivacidad extraordinaria y genio terrible, lee y escribe de corrido a pesar de sus cortos años y discute por todo. Es de evidente raza gitana y, según declaran todos los testigos consultados, así como el personal de la Delegacía da Crianca e de Adolescente — DCA, a cuyo cargo ha quedado luego de los incidentes relatados, es tan molestosa que es capaz de sacar de sus casillas y desesperar a un paquidermo.

Resulta extraño lo anterior, puesto que, a cualquiera de los millones de lectores de los anteriores episodios de Don Manuel El Sarnoso, le resultará más que evidente el parecido entre esta rapazuela con una versión infantil de Carmen La Gitana, que aparece en algunos de los capítulos.

Se menciona todo esto puesto que, en la muy improbable eventualidad de que los escritos que se acompañan fuesen alguna vez autentificados, de los hechos referidos puede deducirse la clara posibilidad de que el autor de los escritos que se acompañan sea efectivamente el árabe en cuestión. Por otra parte, es sugerente que, en parte de los mismos escritos adjuntos, se relata un episodio muy similar al antes descrito, con la rapazuela RJL, como si ello le hubiese ocurrido al mismísimo Sarnoso. De lo anterior se podría inferir - siempre en la muy improbable eventualidad de resultar auténticos los escritos — que podría quedar de esta forma zanjada definitivamente a favor de los segundos la virulenta disputa que por años se arrastra entre críticos literarios y otros entendidos de todo el mundo, entre quiénes niegan y quiénes atribuyen efectivamente a un árabe misterioso la autoría y completa invención de las Aventuras de los Ingeniosos Hidalgos del 68 quiénes, por lo tanto, nunca habrían existido.

Finalmente debo mencionar que se han adjuntado a los pliegos manuscritos por el referido moro, algunas cartas de una tal Escribana Sofía. Se han encontrado varias más de éstas, pero por su contenido no parece ser relevante o adecuado a lo principal, pese a lo cual están las mismas a disposición del Sr. Embajador si ello fuera menester. Puede ser no del todo inapropiado que la funcionaria que firma y suscribe deje estampada asimismo su opinión, en el sentido de que es muy probable que la mentada Escribana Sofía y una tal Emperatriz del Brasil, por cierto inexistente, en una República Democrátioa y Federativa, sean ambas una sola y la misma persona. Queda más o menos claro en el párrafo final de estos escritos, en el cual el moro se identifica y habla de sí, que el sujeto ha sentido por la mentada Escribana o Escribidora un aprecio considerable.

 

Sin otro particular ni otrosí,

 

Firma

Vera Lucia da Silva,

Titular,

Delegacia Especial do Atendimento à Mulher - DEAM

 

Santa Bárbara D’Oeste

SP, Brasil

 


Capítulo CXC de las Aventuras de los Ingeniosos Hidalgos del 68

Donde se relatan las Increíbles Aventuras de Don Manuel El Sarnoso en el Imperio del Brasil, donde Concurrió Bajo el Embrujo de la Emperatriz

 

De cómo El Sarnoso quedó viudo apenas desposado con Carmen La Gitana

Se encontraba a la sazón El Sarnoso viudo, apenas pocos meses después de desposar a Carmen La Gitana, en el famoso episodio que se relata en el capítulo CLIV de estas aventuras. No bien estuvo desposada la terrible Cíngara, empezó a pataletear a diario en la Corte, adonde había alcanzado un enorme prestigio luego de encabezar la primera cruzada que terminara con el Usurpador en la cloaca, lo que se relata en el capítulo CLII de estos escritos.

Tanto alborotaba La Gitana, que los Ministros y el propio Rey Don Ricardo reunidos en Consejo resolvieron enviarla lo más lejos posible. Especial preocupación en ello tuvo, como siempre, el Ministro Gordo, quién antes de ser Ministro y Gordo, cayera bajo el embrujo de Carmen La Gitana, el que le afectase tanto y por tan largo tiempo, que está todavía convencido el pobre Gordo que se trata de la fina y bella Adelaida de Rodenas, a pesar de haberle hecho la Gitana al Gordo, antes y ahora, objeto de los más terribles escándalos, escarnios y traiciones. Fue así como la restituyeron, a la de Cádiz, al Servicio Exterior del Reino, del cual había renunciado con escándalo para encabezar la primera cruzada, y la destinaron al bello aunque triste puesto de Ginebra, el único lugar del mundo donde no es posible crear alboroto alguno.

Nadie sabe porqué la cíngara se puso así y rápidamente emprendió las de Ginebra luego de sus esponsales, y a todos asombraba, menos al Sarnoso. Este, en la sabiduría de su propia locura sin remedio, puede observar a tan singulares personajes y predecir sus comportamientos sin yerro, las más de las veces. Siempre ha comprendido El Sarnoso que La Gitana, como la mayoría de las de su indómita y desordenada raza, se asemeja mucho a aquellas yeguas árabes mejores, de más nervio, que nunca domador alguno logró ponerles silla y a las cuales el viejo moro deja siempre sueltas, para crías, de las cuales dejan poca, pero buena.

Lo de los esponsales parecióle siempre al de la Sarna una tontería y un capricho más de La Gitana, pero vino en consentir a ellas al cabo de un buen tiempo y terribles pataletas y escándalos de la cíngara, porque a un caballero andante no hay nada que lo seduzca más que una desatinada aventura, en pos de la cual cabalgar. Y cualquiera comprende que nunca se vio en las novelas de caballería el relato de aventura que se asemeje, en lo poco discreta y descabellada, a la locura de irse de bodas con la mismísima Carmen, La Gitana de Cádiz.

Como El Sarnoso Conoció y Acompañó a Perséfones al Infierno de Hades y Demostró la Insensatez del Edicto del Viudo

Viudo ya El Sarnoso, le vino en oídas, pero por cierto hizo el caballero oídos sordos a tales desatinos, el mentado Edicto del Viudo, del Caballero de Vergara. Era éste De Vergara uno de los caballeros más locos del Reino, afamado por su habilidad en el antiguo juego egipcio del ajedrez, del cual llegó a coronarse campeón de América en sus años mozos en un torneo luego por todos cuestionado, que se realizara en la isla de Cuba. Las correrías del De Vergara y sus locuras trajeron a todos asombro sin cuento, pero nunca tanto cuando colgado de los faldones del Rey Don Patricio, el primero que sucedió al Usurpador, le fuera encargado el Gobierno de la Ínsula de Ñuñoa, la misma de la cual es Reina Doña Estela. Los descriterios del de Vergara en el gobierno de la ínsula de la Reina Estela fueron tales y tan furiosos sus combates con toda suerte de malandrines y fascinerosos, a los cuales buscaba sin tregua para enfrentarlos uno tras otro en combate, puesto que se dedicara a esto sobre todo en lugar de gobernar, que vino a dar con sus huesos en prisión. Allí lo visitara El Sarnoso y departieran ambos amablemente, conversando acerca de asuntos de caballería.

Pues bien, dícese de este De Vergara que siendo gobernador de la ínsula, redactó el tristemente famoso Edicto del Viudo, donde pone a éstos en alerta acerca del peligro que, según él, corrida la nueva de su viudez, reciban el ataque de la por el deschavetado gobernador denominada Horda de las Dueñas. Según el sin chavetas, vendrían a atacar al viudo, por turno, muchas dueñas, aficionadas al vino, del bueno y del malo, las primeras; pobres las que seguían, las que luego de convencer al viudo de rellenarles el aceite de sus lámparas para no quedar a oscuras, terminaran convenciéndole de pagar emplastos y muletas para algunos ex maridos de ellas, completamente destartalados y algo frescolines; luego las locas, las tontas y así sigue sucesivamente el poco discreto edicto señalado, culminando en afirmar que todas las dueñas de la por él denominada Horda eran de por sí grandemente feas y ninguna de ellas de menos de ciento veinte años de edad.

Apartó El Sarnoso indignado, el edicto que le hiciera llegar el de las chavetas a poco de partir La Gitana, por considerar que muy poco tenía que ver con la caballería la batalla de las Dueñas. Por lo mismo fue muy grande el asombro del de la Sarna, al ir verificando en oscuros y sucesivos episodios, que la locura del sin chavetas no parecía ser del todo insana. Pero del gran desatino del Edicto del Viudo quedó más que nunca convencido El Sarnoso cuando, en sus correrías de viudo, se encontró con la hermosísima Perséfones, quién, como todo el mundo sabe, es hija de Zeus y Deméter, la Tierra.

Siendo Perséfones doncella y la más bella y habilosa, mientras recogía lirios en el campo fue seducida por su tío Hades, el malvado y poderoso señor de los infiernos, hermano de Zeus, quién la llevó consigo, condenada por su pecado a los fuegos eternos de Hades. Buscó y rebuscó la madre Deméter a la doncella perdida por toda la tierra, hasta que, sabido su trágico destino, gestionó con el mismo Zeus reducir la pena a media jornada con salida diurna, es decir, vive ella y muere cada día, mitad arriba y mitad abajo, por toda la eternidad. En estricto rigor, la pena quedó reducida a tres meses cada año.

Y así aparece cada mañana por el mundo esta Diosa, que con sus manos tan delicadas, las de los lirios, fabrica artesanías tan preciosas y de tanta eficacia, que con ellos da sustento a muchos y al mismo Sarnoso, que consigue así buena parte de lo que se echa al buche. Pero llega la noche y vaga perdida Perséfones, descendiendo a las llamas del Hades, hacia adonde acompañara a la Diosa, en una de éstas, el apalermado Sarnoso, comiendo con ella poco, pero más que nada libando y mucho y siempre a su costa, que sabido es que los caballeros en general y más El Sarnoso, son bien insolventes y que las cuentas generalmente no las pagan y las andan después cubriendo sus escuderos los que, si no pueden, reciben por ello pateaduras. Ocurrió sí que de Hades y otras cosas llegara el de la Sarna a conocer bien poco, puesto que a pronto, como es su costumbre de hacerlo a cada rato y en cualquier parte, se durmiera como lirón y de allí roncara a la mañana como león. Perdió así El Sarnoso, al parecer, la ocasión de presenciar el único milagro que de Lucifer se conoce, que al amanecer cada día y sin fallar ninguno desde los tiempos del Olimpo, encandila a la perdida Perséfones hasta la muerte y de allí regresa ella a la vida y durante la media jornada de su perdón, conseguida por su madre Deméter con el mismísimo Zeus su padre, sale a recoger lirios y artesanar otros menesteres, con sus manos de niña.

Rápidamente rechazó El Sarnoso, sin embargo, la posibilidad que la ocurrencia de los mentados episodios fuese verdadera y los atribuyó más bien a su imaginación afiebrada, como la de su señor Don Quijote, que inventara toda suerte de encantamientos en la Cueva de Montecinos.

Como La Emperatriz del Brasil invitó a Don Manuel El Sarnoso a su Imperio, confundiéndolo con Don Manuel El Venturoso

Estaba así afanado en cosas de viudo El Sarnoso, cuando llegaron emisarios de la Emperatriz del Brasil, invitándole a visitar su Imperio.

Había conocido la Emperatriz del Brasil a Don Manuel, El Sarnoso, en el afamado torneo del Cerro de San Luis, que el de la Sarna había organizado por orden del Imperio de Bizancio y que se relata en el capítulo CLIII de estas aventuras. Puesto que a ella la conocían desde siempre y de sobra El Sarnoso y todos los caballeros del mundo, y figuraba el nombre de la Emperatriz en casi todas las novelas de caballería y en todas las buenas. Es sabido que ya las Reinas sólo en una ocasión en la vida miran más de una vez a algún caballero y generalmente lo desposan, como ocurre en el caso de la Reina de Inglaterra. Ello es más cierto todavía con las Emperatrices, las que generalmente no se fijan en nadie. Había ocurrido, sin embargo, que fue tal el asombro que le ocasionó a la Emperatriz del Brasil la estrafalaria figura del Sarnoso en el torneo del Cerro de San Luis, y tanta la risa que le provocaron sus desatinos, que ordenó le fuera presentado.

En un desvarío de ella, como ocurre muchas veces con las Emperatrices, especialmente cuando de tanto escuchar el tañir de laúdes y otras músicas, se vuelven ellas un poco sordas, lo que es frecuente, entendió mal la del Brasil cuando le fuera presentado El Sarnoso y creyó que se trataba de Don Manuel El Venturoso, viejo y afamado Rey del Portugal, asimismo loco. Por eso le pareció apropiado invitarlo, para su diversión y contento, riendo de antemano con las locuras que una visita a su Imperio pudiesen provocar en el seco seso de tan curioso caballero.

Emprendió así El Sarnoso las de Brasil, en un caballo alado y con los billetes que la Emperatriz ordenara enviar al Caballero Loco, Don Benicio de Brasilia.

La llegada del Sarnoso al Imperio del Brasil

Admirábase El Sarnoso mientras su caballo alado sobrevolaba la ciudad de San Pablo, la más grande del Imperio y una de las residencias de la Emperatriz. Nunca vieron ojos de caballero alguno ciudad más extensa, donde la mirada se pierde en un bosque de torres, palacios y castillos que no termina nunca y donde habitan en esa sola ciudad más súbditos que en el Imperio Romano y el de Bizancio, los dos juntos.

Desde arriba veía El Sarnoso muchas edificaciones que el imaginaba eran palacios grandes y más pequeños, rodeados de árboles, aguas y extensos parques y en su enloquecida imaginación pensó que en la ciudad de la Emperatriz sólo habitaban caballeros, reyes, duques, condes y princesas. Y como durante su viaje sólo conoció a éstos y a las esclavas y esclavos a su servicio, quedó con esa idea de todo el Imperio. Es de todos conocido, en cambio, que si bien ni en la corte de Versalles se encuentran palacios más regios y riquezas mayores que los que se pueden encontrar en cualesquiera de las ciudades del Imperio del Brasil, buena parte de ese pueblo habita en unas chozas bastante miserable, que conocen ellos como favelas, que son y más todavía en este caso, bien como deben ser, en todas partes, las casas de pobres.

Paseaba luego El Sarnoso por las ciudades de este Imperio, muchas veces acompañado de la Emperatriz y a diario, como es su extraña costumbre, salía por su cuenta y riesgo a recorrer y correr enormes extensiones por calles, plazas, mercados, parques, bosques, huellas y playas, como un loco que efectivamente era.

Se admiraba en sus paseos El Sarnoso de ver a tantas gentes y transeúntes como no viera desde sus aventuras en el Imperio de México o en la mismísima China, que se relatan en otros capítulos de esta serie. Se imaginaba el atolondrado caballero que todos los que veía o se encontraba en el camino eran amables familias de nobles y caballeros o sus sumisos esclavos y esclavas. Además, por cierto, de las gitanas, vocingleros, mercaderes, bufones, saltimbanquis y toda suerte de populacho que, bien sabe El Sarnoso, pulula en todas las grandes ciudades de los Imperios.

Como la mayoría de los transeúntes que lo veían se maravillaban y no podían dar crédito a sus ojos que personaje tan ridículo como El Sarnoso pudiese ser de cierto, todos ellos lo miraban con asombro y se comentaban y sonreían y no pocos reían a carcajadas. Todo esto lo interpretaba El Sarnoso como que eran gente muy alegre, educada, discreta y respetuosa, y servicial en el caso de los siervos y esclavos, que por la vestimenta y modos se admiraba El Sarnoso que pudiese en algún lugar del mundo haber tantos como en este Imperio. Así paseaba y corría El Sarnoso, deambulando por todos lados lleno de contento.

No se enteraba el atontado caballero que no pequeña parte de los transeúntes que veía y saludaba eran en verdad terribles malandrines, de la talla del sanguinario criminoso Balaio, y de los cuales hay en las tierras de la Emperatriz gran abundancia. Estos criminosos se han ido tornando especialmente bravíos y devergonzados en años recientes desde que, por seguir recetas dictadas por el Gran Imperio del Norte para todos menos para ellos mismos, el Gobernante de este Imperio del Brasil, el Rey Don Fernando Henrique I, El Vanidoso, regatease la repartición de trigo desde los graneros imperiales su propio pueblo, enviándolo en cambio a los avariciosos banqueros del Imperio del Norte. Así ocurre que los honrados ciudadanos de la Emperatriz no pasean por estos días muy tranquilos por sus calles y más bien se cuidan de llevar encima plata poca, nada de oro y ninguna joya, por si son atracados por estos criminosos. Ello es bien frecuente, incluso cuando pasean en sus veloces y elegantes carrozas, de las cuales nunca viera El Sarnoso tantas y tan atropelladas unas con otras, atiborrando calles y caminos y levantando por todos lados grandes polvaredas.

Sin embargo ocurría que al ver los criminosos al Sarnoso paseando su estrafalaria figura por todos lados sin recato ni cuidado, pensaban estos malandrines que se tratase de una aparición, de un extraño bufón o de la avanzada de una partida de actores callejeros, y no atinaban de primeras sino a asombrarse y reírse, mostrando al hacerlo sus ralas dentaduras, llenas de huecos y caries, todo lo cual interpretaba el de la Sarna, como se ha dicho, como honras y saludos de su parte. Cuando se reponían y se proponían hacer con El Sarnoso las cosas que dicta su oficio de criminosos, éste ya había desaparecido muy orondo y confiado, por otros lugares y callejones.

Sólo una vez se lo vio al de la Sarna en problemas pero no fue en esa ocasión a causa de criminosos o malandrines, sino de una banda de rapazuelos, todos ellos carne de presidio, encabezada por un pequeña gitana. Embravecida la malandrina porque El Sarnoso no accediera a darle unas monedas, las que más falta hacían al caballero que a la gitanilla, empezó a alborotar su banda y a azuzar a los malvados rapazuelos a que echaran suertes a ver cual de ellos le tocaba las posaderas al Sarnoso, mientras ella le gritaba sin cesar y en forma estridente ¡Bobino!…¡Bobino!…¡Bobino!, voz desconocida para el de la Sarna, pero que sin duda significaba, para la gitanita, un insulto atroz. Estaba bien incómodo El Sarnoso, sufriendo el ataque de la rapazuela y sus pequeños malandrines, recordando cuando a su señor Don Quijote lo apalearon los galeotes. Pero a la vez encontraba diversión el pobre caballero, observando a la pilluela que era su tortura, con sus fieros y maldadosos ojillos, que le brillaban como negros carbones a la rapazuela, sus gruesas y tiesas mechas retintas y su cíngara fiereza, parecíale al Sarnoso la encarnación de su señora, Carmen La Gitana.

Llegó a esa conclusión El Sarnoso, que sólo podía ser la gitanilla la mismísima Gitana, venida desde la Ginebra en virtud de un encantamiento, porque nadie como ella era capaz de molestar así al pobre caballero. Felizmente la humillación del Sarnoso a manos de la gitanilla y sus secuaces terminó con un solo feroz chillido de una gitana vieja, que a la sazón departía con la mismísima Emperatriz mientras preparaba un suculento menjunje que denominan acarajé. Es hecho éste de una masa de frijoles de un tipo que llaman fradinho, frito en aceite de la palma de dendê y relleno de salsa de cebolla rallada y  camarones secos, muy picante. El Sarnoso, por su parte, no había podido emprender una digna retirada como la situación de la gitanilla exigía, debido a que estaba precisamente a la espera del acarajé, el cual engulló sin prisa, pero sin demora, apenas la gitana del chillido se lo hubo pasado.

Todo esto admiraba a la Emperatriz, pero nunca llegó a tanto su asombro como cuando, habiendo consentido ella gentilmente de pasear unos momentos por la plaza mayor de su ciudad en compañía del ajeno caballero, vino éste y luego de pedirle permiso como es natural, se introdujo en la carpa de un árabe y salió premunido de un enorme yelmo blanco y una lanza. Dícese que nunca se viera en la plaza mayor de esta ciudad tan grande de San Pablo, espectáculo más estrafalario que ese paseo de la Emperatriz con El Sarnoso, con su yelmo puesto y su lanza en ristre. Esto lo confirman especialmente las historias los criminosos, que en sus cuevas se retuercen riendo de contento cuando relatan a sus malvados retoños esta historia. La misma viene en confirmar, además, lo que se sabe, de como las Emperatrices toman contento y se divierten, en su Imperial soberanía y elegancia, de asuntos que a las dueñas comunes y corrientes llenan de vergüenza.

El Banquete de la Emperatriz

No bien llegado El Sarnoso a la Ciudad de San Pablo de la Emperatriz, recibió de ella una invitación a un banquete, que había organizado para él en uno de sus palacios. Son cosas que hacen las Emperatrices, para divertirse con los de su Corte y en este caso eran por ella conocidos y le divertían los usuales desatinos de este caballero, que ella, en su leve sordera, seguía ella convencida que se trataba de Don Manuel El Venturoso. Bien sabían, en cambio, sus caballeros y miembros de la corte de la Emperatriz, que no era el invitado muy Venturoso, sino Don Manuel El Sarnoso, venido del Reino de Chile.

Asistieron de todos modos ellos al banquete en honor al venturoso Sarnoso, por obediencia a su soberana en primer lugar, pero asimismo porque la Emperatriz tuvo buen cuidado de invitar sólo a aquellos caballeros que alguna vez hubiesen estado, como ella misma, exiliados en el reino de Chile, de los cuales había muchos en su Corte. Hubo también en el Brasil, por aquellos años de muy antiguo, una usurpación, que fue bien desmedida como todas, pero nunca tan sanguinaria como la que encabezara El Usurpador de Chile pocos años después y de la cual fueron testigos asimismo la Emperatriz y sus caballeros que por entonces estaban todavía en aquel Reino. Además, aquellos usurpadores tuvieron a buen cuidado dejar el Brasil lleno de molinos de viento y otras industrias, mientras en Chile el Usurpador derribaba los pocos que habían. Pero ya se hablará de esto más adelante, con ocasión de relatar el famoso duelo de que a causa de este asunto de los molinos de viento trabó con El Sarnoso el caballero Don Wilson de la Gota, llamado también El Cascarrabias o del Cano, por el bastón que usualmente lo apoya.

Ocurrió aquello del exilio en Chile muchos años ha, cuando todos estos caballeros eran todavía donceles y sus damas doncellas, puesto que a las alturas en que se escribe en este relato, El Sarnoso y todos los demás caballeros que aparecen en la historia habían combatido cada uno, sin tregua ni respiro, a lo menos por cien años y doscientos años en el caso del Caballero Loco, Don Benicio, del cual se habla bastante más adelante en estos pliegos. Es por eso que la mayoría de estos caballeros y El Sarnoso como el que más y peor que la mayoría, pareciera que fueran todos figuras de cera, no tanto por la nobleza de sus rostros o lo enjuto de sus figuras, forjadas en mil batallas y aporreos, y acostumbradas a comer pocas veces, aunque hasta hartarse cuando pudiesen, pero más que todo por lo ajado de su piel, que se asemeja a un pergamino. Hacen excepción de esta regla algunos caballeros como el Rey Don Joao Manuel o FredyxMarte quiénes, a fuerza de comer muy bien y en su caso bien seguido, se mantienen gruesos y rozagantes y están, como se dice en las tierras de El Sarnoso, como para rasgarlos con la uña.

En el caso de la Emperatriz, la Reina de América, la Duquesa, la Reina de Pernambuco y las otras damas que aparecen luego en este cuento, y para que decir de La Gitana y su banda, es sabido que para todas ellas el asunto este de los años no tiene relevancia alguna, como no sea perfeccionar, si se pudiere, lo perfecto, es decir, la escultura de sus bellísimos rostros. Puesto que es sabido y se ha mencionado en otro sitio en estos pliegos algo parecido, en relación a la Princesa de Austrias, que el paso del tiempo, con sus amores y desamores, alegrías y tristezas, victorias y derrotas, dignidades y miserias, pequeñas o grandes traiciones y heroísmos, todos los cuales lleva de suyo inevitables el mentado tiempo, en los rostros de estas bellas sólo consigue cincelar los rasgos dulces pero algo redondeados de cuando fueran doncellas, hasta esculpirlos en la hermosura plena que a todas ellas da justa fama y que a todos maravilla.

Se contentaban así estos caballeros de la invitación de su Soberana, aunque no pensaban ellos que tan estrafalario visitante de Reino tan pequeño, mereciese tantos desvelos nada menos que de una Emperatriz y a más de alguno le había parecido en todo un exceso los cuidados que la soberana había puesto en recibir al poco discreto visitante.

Más que nada, sin embargo, atraía a tantos caballeros al palacio de la Emperatriz el olor de los manjares que por semanas se venían preparando para la Sarnosa recepción, por las esclavas de su Señora, que mención especial merecen de esta historia. Jefaba las muchas esclavas de la Emperatriz la afamada Esclava Francisca, negra del color de las esclavas verdaderas, hermosa como la que más y tan discreta, que su paso parecía un suspiro, pero no tanto como el de otra esclava muy joven, delgadísima y asimismo negra, que cuando servía a los invitados parecía que fuese toda ella transparente y en ello ponía su mayor empeño, tal era la discreción de esta esclava. La Esclava Francisca tiene sus ojos a menudo llenos de risas, más cuando veía al Sarnoso y su estrafalario talante. Apenas un poco mostraban esos ojos de la inteligencia de su cabeza y un genio altivo del cual ¡el Dios de los esclavos nos libre! Se dice que esta Esclava Francisca, como nadie, era capaz de enfrentar igual de iras las de su Emperatriz, cuando trenzábanse ambas en las dulces batallas hogareñas, en las cuales más parecían caballeros andantes enredados en un lance que ama y esclava, batallando a muerte, fuera por la cantidad exacta de clavo de olor que debía llevar el cocimiento que llaman Moqueca o la cantidad de agua en el Cuscus, o por el destino de las cuantiosas inversiones de la Esclava Francisca, para mejor protegerlas de los sinvergüenzas y estafadores. Que muchas eran las veces en que terminaba prestando monedas de oro la Esclava a la Emperatriz, cuando caía esta última en el usual desenfreno de gastos que a toda Emperatriz o Reina corresponde y en lo cual las imitan las Gitanas.Dícese y se tiene por cierto, que en todos esos tales combates con la Esclava Francisca, más llevaba siempre la Emperatriz las de perder que las de ganar.

Y bien sabido es que nadie en el mundo sabe más de esclavos que la gente del Imperio del Brasil, como no sean, naturalmente, los ingleses, que en esta materia como en otras de inventar como explotar el trabajo de otros no hubo nunca quién los aventajase. Pero en lo de los esclavos los del Brasil no les van muy de zaga a los ingleses, porque antes que los de la rubia Albión acaparasen el turbio tráfico, sabido es que fueron los Portugueses los que primero lo aprovecharon en los modernos tiempos, y más tarde los de Flandes, quiénes a poco de un siglo transcurrido, a los primeros se los quitasen. Y pues entrambos, portugueses y holandeses, conquistaron esta tierra grande que más parece mundo, y en ella se peleaban provincias en guerras y pendencias, para llenarlas mejor de sus esclavos de cada uno y traficar con ellos por los mares.

Así discutiendo, ordenando y laborando, habían preparado la Emperatriz y más bien sus esclavas a las órdenes de la Esclava Francisca, un suculento banquete que incluía todos los manjares que se señalaban en un pliego que quedó prendido en la cocinería del palacio, que se muestra más abajo y al cual el autor de estos pliegos tuvo acceso por vía de una escribana llamada Sofía, de la cual más adelante se habla. Llegaban los caballeros al banquete de la Emperatriz y antes que ninguno el celebrado.

Como siempre ocurre con el desaliñado invitado, algún entuerto le aconteció ya antes de llegar y no fue otro que pisar lo que en el Brasil llaman merda do cachorro y que es lo mismo que un mojón de perro. Hediondo que es de por sí El Sarnoso, hasta él mismo comprendía que no podía pisar el Imperial palacio cargando además con hediondeses ajenas y menos de perro. Trabajo costó al mayordomo de puertas del palacio de la Emperatriz limpiar las perforadas botas del Sarnoso de la merda do cachorro, con las cantarinas aguas que por todos lados como si fuera La Alhambra, corrían por el fresco palacio y así le salvó el discreto mayordomo al caballero su apodo de Sarnoso y supuesto Venturoso, que no terminase en aquella Corte apodado El Hediondoso.

No bien llegado el de los zapatos recién lavados al palacio, fue recibido por el Príncipe Consorte de la Emperatriz, Don José Antonio. Era este Príncipe Consorte y Señor de aquella casa como deben serlo los mejores, alegre, cariñoso, aficionado al juego de las tablitas, amigo de sus amigos, gentil y acogedor con los de la Emperatriz, su Señora. Haciendo gala de todas esas virtudes, y dado cuenta de inmediato de cómo los caballeros que iban llegando miraban medio desconfiados al recién llegado y de su Emperatriz agasajado, y que en su idioma y bien ligero cambiaban historias de caballería, que el de la Sarna no entendía ni jota, aunque a todo como un bobo asentía, acompañaba el Señor Don José Antonio al de la Sarna, proponiéndole que dejasen ambos allí a todos esos entusiastas de la caballería y partiesen en cambio al juego de las tablitas, que mejor diversión era aquella para gente cabal. Al mismo tiempo, llenaba una y otra vez la copa el Consorte al Sarnoso, con el licor rojo que destilan los montañeses salvajes que visten de polleras y que habitan las tierras altas ubicadas bien al norte de Gaula. Así departían entrambos el Consorte y El Sarnoso, bien tentado el último de seguir las propuestas del primero, cuando ocurrió que, a fuerza de vinos, licores y sobre todo de manjares, fue haciendo ambiente al estrambótico extraño la Emperatriz en su corte y con sus caballeros, que para eso había armado ella en su Imperial sabiduría aquel banquete.

Fueron asombrándose todos los caballeros y sus dueñas de tan desgarbada y ridícula apostura del agasajado, que a todos empezaba a dar cierta diversión y contento, especialmente al caballero Plininio y su bellísima esposa, la Princesa María, hija de la Reina de Pernambuco y al alegre y generoso caballero Don Pedro y su bellísima esposa Doña Vera, que más que dueña y señora que es, tan joven estaba que parecía doncella y que medio turulato tenía al Sarnoso. Hasta que vino la Emperatriz a poner las cosas en su orden debido y a cada uno en su puesto y con su plato. Por lo que se puede apreciar en la lista que al final de estos pliegos se junta, en las entrañables cartas de la Escribana Sofía, no es raro que el banquete de la Emperatriz al Sarnoso que ella creía Don Manuel El Venturoso, bien contentos y mejor dispuestos dejara a todos en la Corte. Y así se pudo apreciar en los meses que siguieron, y en los cuales por medio Imperio del Brasil al Sarnoso — Venturoso la Emperatriz paseó.

La Invitación al Juego de Pelotas que hizo el Caballero Don Pedro a El Sarnoso y Otros Paseos por la Ciudad de San Pablo de La Emperatriz

Mientras corrían por todo el Imperio las noticias del Banquete de La Emperatriz al Sarnoso y todos se maravillaban de tales agasajos, la Emperatriz daba paseos por su ciudad de San Pablo acompañada de El Sarnoso, en uno de los cuales el desatentado caballero se comprara el yelmo y lanza que en otra parte de estos escritos se mencionan. Conociera así El Sarnoso acompañado de la Emperatriz calles, plazas, parques, playas y sobre todo comederos del Imperio. No pudo asistir, en cambio en todos los meses que estuvo por el Brasil El Sarnoso, a ningún teatro de actores que es lo que al triste caballero más divierte, además de leer novelas de caballería, que como todos saben, le aficionan tanto que a fuerza de leerlas se le han secado el seso. Porque es bien sabido que a las Emperatrices, al igual que a las Gitanas, más les divierte el invento de las salas y cajitas de luces y desde que fueran éstas esparcidas por los pueblos, nunca más se supo de emperatriz o gitana que asistiera a teatro de actores alguno, que les aburren bastante de ir, aunque si en alguna vez las arrastran allí, bien que los disfrutan, siendo en ello igual estas altas y bajas damas que los niños.

Así conoció El Sarnoso, además de muchas otras cosas que todas lo dejaban con la boca abierta de maravillas que eran, el afamado parque de Ibirapuera, con su gran techumbre flotante construida por el Nie May Er, el Arquitecto Sabio del Brasil, el mismo que construyera la ciudad en las nubes donde viven el Caballero Loco, Don Benicio y La Duquesa Lia y que a su invitación visitara El Sarnoso acompañado de la Emperatriz, en aventura que se relata mas adelante en estos pliegos. Por esos días fue que recibió El Sarnoso la invitación a cabalgar de madrugada, junto al Caballero Don Pedro, conocido como El Tejano, por haber estado combatiendo en el conocido estado de las Tejas, en el mismísimo Imperio del Norte. Gobernaba El Tejano por esos días la Ínsula Neppia, de Campilot, hecha aparecer del mar por ingenio de la propia Emperatriz, que con el Caballero de Beluzzo, y el Caballero FredyxMarte, por aquellos días Ministros de Gobernación del Rey Quércia, de la Ínsula de San Pablo, en una aventura que más abajo se relata, idearon un curioso sistema en que hicieron aparecer la ínsula desde el fondo de las aguas con un mecanismo extraño que no entendía nadie, pero que tenía que ver al parecer con el hielo, porque como resultado del mismo, en la mentada Ínsula Neppia siempre hacía cuatro grados más de frío que en cualquier otra parte del Imperio. Por lo mismo quería y estimaba tanto a esa ínsula la Emperatriz que la había gobernado ella misma, principalmente para su propia diversión.

Había acompañado este caballero Don Pedro a la Emperatriz en la justa del Cerro de San Luis, que se ha mencionado ya en el relato, junto al de Caballero de Braga, que por ahora no estaba en la ciudad de San Pablo por encontrarse a la sazón eligiendo a su hermano como Gobernador de la Insula de Amazonía, que en este país enorme del Brasil era ínsula, pero que cabía dentro de ella no pequeña parte del imperio de Alejandro El Grande. A ambos caballeros por la justa de San Luis no se les vio ni el polvo, tan ocupados estuvieron por esos días en velar sus armas en diferentes ventas de la ciudad, que pensaban ellos eran otros tantos castillos, junto a fregonas y mujeres de esa calaña que imaginaban eran duquesas y princesas.

Pues bien, no apareció tampoco el caballero Don Pedro a la cabalgata de madrugada, circunstancia de la cual se aprovechó El Sarnoso para salir por su cuenta, pero bastante más tarde. Avergonzado el pobre Don Pedro por este asunto de las madrugadas, mostró al Sarnoso una pantorrilla, entablillada justamente con dos tejas, como cura por cabalgar tanto Don Pedro y a toda hora, dijo. Para dejarlo más contento el de las Tejas al de la Sarna, lo invitó al punto a un notable juego de pelotas, en el cual, como se sabe, nadie en todo el mundo cristiano ni en el otro tampoco, juegan tan bien y tan bonito como los jugadores y huestes de pelota que vienen del Imperio del Brasil. Y así pudo ver El Sarnoso un partido de pelotas donde salieron ganadores por igual las dos huestes enfrentadas, la de San Pablo y la del Istmo de Corinto que a la sazón eran las huestes más afamadas del Imperio, al decir del Tejano. Extrañaba y maravillaba todo esto al Sarnoso, que pensaba de estar en el mismísimo Circo Romano, pero más a un gringo venido de allá de Tejas en los faldones de Don Pedro y que era el más contento y gritaba tanto o más como el Tejano. Asistió además al juego de pelotas, junto al Sarnoso y al Tejano y al Gringo, la hija del segundo, una bellísima doncella que tenía un dedo roto en un juego asimismo de pelotas, pero más extraño, en el cual en lugar de usar sólo los pies como en el primero, usaban solo las manos. Y era de claras que más que el juego de pelotas le preocupaba a la bellísima doncella el dolor de su dedo, pero también el venido de Tejas, a quién no les despegaba el ojo, seguramente extrañada la doncella de ver en el gringo entusiasmo tan grande y tan sincero por los juegos de su pueblo.

Llamaba la atención al de la Sarna cómo en ciudad tan enorme y tan llena de gente como nunca se viera, encontraban sus habitantes lugares donde se encontraran a diario los amigos a cultivar su amistad, sin necesidad de visitarse en sus castillos o palacios sino para lo que creían eran grandes ocasiones, como la llegada del que se creía era Don Manuel El Venturoso y resultó El Sarnoso. Se admiraba el de la Sarna que a algunos de los caballeros que conociera en el Banquete de la Emperatriz los encontrara al otro día paseando por el inmenso parque y por la noche cenando en una venta de un italiano, donde ellos acostumbran de juntarse los caballeros los domingos por la noche, a comentar acerca de asuntos de caballería, donde comprar cotas de malla de lino y otras materias de importancia, tomando bueno vino, con buenas pastas los más y unas ensaladas los menos.

Conoció en esos banquetes El Sarnoso al mismísimo Caballero de Beluzzo, uno de los más afamados del Imperio y que había participado en cuanto torneo hubiese, combatiendo siempre con los colores de la Emperatriz amarrados a su lanza, además de otros colores que cambiaba de vez en cuando, por ser muy enamorado este caballero, como todos los de esta orden de la caballería. Gustó tanto al Sarnoso el talante del de Beluzzo, que imaginaba poder conversar años enteros con este valiente, acerca de los más variados temas de caballería, al tratar los cuales ligerito se enfurecía el Belluzzo y tramábase en insultos contra la Inquisición y los Sarracenos como nunca se viera fiereza igual en las palabras, mientras en su cara no despegaba una sonrisa. Eran tal la cantidad de insultos que podía proferir el Belluzzo ese en pocos minutos, o en dos o tres párrafos y aún en uno, de los panfletos y proclamas que redactaba a diario y aparecían en los muros de la ciudad, que recordábale el del Belluz al Sarnoso con ternura al mismísimo Caballero Cascarrabias de Chile, Don Mariano de Aguirre, gran amigo de la Gitana y a la sazón muerto, caído en la tragediosa y malhadada Batalla del Tabaco, que a más caballeros costara la vida que la triste aventura de la Invencible Armada. Tanto estimaba El Sarnoso al De Aguirre y Cascarrabias, quién a las letras dedicara su vida y en la Feria de los Libros de Santiago se despidiera de ella, con el brazo en alto y la garganta y voz hechas girones por el asunto del Tabaco, en un gesto que quedara grabado en la mente de todos. El pobre autor de estos relatos enviara a este De Aguirre, para sus críticas y es por eso que su nombre es el primero que aparece, en los pliegos de este ya muy largo y bien tedioso fajo de aventuras, las más de ellas inventadas y todas ellas descabelladas.Pero andaba el de los Belluz por esos días empeñado en el insensato intento de conquistar una ínsula llamada de las Palmeiras, donde sólo hacían juego de pelotas, que de caballería ni idea tenían los de las Palmas, especialmente un gordo que oficiaba de rey de la ínsula esa y con el cual conspiraba Don Belluzzo, en la venta del italiano, mientras los demás caballeros y El Sarnoso departían amistosamente mientras despachaban unos platos de tallerines y unas botellas de vino.

Tanto gustó al Sarnoso, esta costumbre de reunirse los caballeros los domingos por la noche, que no bien regresado por sus pagos ha decidido aplicarla y la ha aplicado ya, con los caballeros de su corte, en las tierras del Reino de Chile, eligiendo por ahora en veces de la del Italiano, la venta de un Español loco avecindado en la ciudad de Santiago, que está ubicada cómodamente a la vuelta de su destartalado castillo.

La Llegada de Don Manuel El Sarnoso a la Ciudad Perdida de Campilot y su Encuentro con el Rey Don Joao Manuel y los Caballeros de la Távola Cuadrada

Emprendieron la Emperatriz y El Sarnoso el camino de Campilot, la ciudad perdida del Rey Don Joao Manuel, su Bellísima e inimitable Reina Liana, que lo es además de Pernambuco y los Caballeros de la Távola Cuadrada.

Se llegaba de San Pablo a Campilot por una gran carrera, que más parecía un río de carruajes y carretas, volando por medio de verdes jardines y por allí corrían El Sarnoso y la Emperatriz en la carroza de ésta. Tan ligero iban, que no bien llegados a Campilot pasara la Emperatriz de largo, medio perdida y confundida de tantos carruajes tan ligeros y de las malas señales. De no mediar una oportuna seña, que nadie hubiese esperado de alguien tan desatinado como es el de la Sarna, se van los dos a parar a Santa Barbara D’Oeste, pueblo de donde se dice que vienen todas las noches a cambiar las señas de la carrera de los jardines, de modo de mejorar la clientela de las ventas de ese pueblo alejado y que no es de los más limpios, con los perdidos viajeros que buscan Campilot. De seguro a ello se debe el que esta ciudad haya estado perdida por tantos años con su Rey y su Reina y sus caballeros de la Távola Cuadrada de los cuales solo las leyendas hablaron durante mil años.

No bien llegados la Emperatriz y El Sarnoso a Campilot, vinieron en recogerlos dos caballeros, Don Paulo y otro, y una dama, Doña Rosana de Corazza, señora y dueña ya del primero, a pesar de ser todos tan jóvenes que parecieran doncella la una y donceles los otros. Admirábase El Sarnoso como los de la Távola Cuadrada eran capaces de formar tan gallardos y discretos caballeros y damas tan versadas en asuntos de caballería que hasta Francia recorriesen estudiándolos, que de ellas se podía decir que, al igual que de la Reina de América o la Emperatriz, que no sólo leían las solapas de los libros de caballería, como gustaban hacer La Gitana y las demás, sino que los conocían y repasaban como el que más y mejor todavía.

Claro que en el caso de la Emperatriz, no daña abundar en repetir que dichas lecturas eran también, como en el caso de La Gitana, más por dar largas al tema con los caballeros, que por interés en la caballería, la que les aburría un poco, igual que el teatro de actores, y mucho más preferían ellas ver los folletines por entregas en la caja de luces o arrancarse a las tiendas de los árabes a comprar sedas, perfumes, jabones y sales de baño, joyas, sábanas y almohadones.

En tiempos de la usurpación, en el Brasil habían los Caballeros de la Távola Cuadrada resistido en Campilot todos los embates de la Inquisición, dirigidos en estos combates por la Reina Liana y el rey Joao Manuel. Recibían uno tras otro a todos los magullados caballeros que iban llegando, de terribles derrotas y desastres sin cuento, de los cuales el mayor fue para todos ellos, la traición del Usurpador de Chile y la muerte del Rey Don Salvador. Y así fue que lograron la Reina, el Rey la Emperatriz y los caballeros de la Cuadrada Távola en Campilot, lo que se pensaba era imposible, como fuera la proeza, como se ha dicho, de resistir sin ser conquistados, aunque magullados fueran, el embate de la Inquisición. Y se pudo en todo tiempo seguir discurriendo en Campilot acerca de asuntos de caballería, en tiempos que la Inquisición había prohibido estos temas y novelas en casi todo el mundo cristiano.

Con los años, que no hay mal que dure cien, fueron los caballeros saliendo de las murallas de la ciudad perdida, a correr aventuras y combatir usurpadores, hasta que, ganando batalla tras batalla, fueron reconquistando el Imperio, zafándolo de la usurpación. Maravillaba a todos como estos caballeros fueran combatiendo, al principio todos juntos y separados luego también, pero pegando siempre hacia el mismo lado, como corresponde a los entendidos en caballería, que saben de pendencias nunca estar escasos, pero que sólo los bobos, que los hay y no pocos, anteponen las grescas que siempre buscan y encuentran entre ellos, a aquellas otras que interesan a todos.

Se dice que fue el de Belluzo y el Rey Joao quiénes primero emprendieron las de ellos, en una batalla en que hicieron de condotieros del últimos de los regentes de la usurpación, que es considerado el primero de lo que vino después, un rey llamado De Sarney. La condotta de estos caballeros con el De Sarney fue por un plan que inventaron y que llamaron Cruzada, contra la falsificación de monedas, que habían abusado de este truco los gobernantes del Brasil. Que siempre fue un oficio de Príncipes eso de hacer pasar cada vez más cobre o estaño por oro y gatos por liebres, para financiar sus gastos, en lugar de cobrar tributos a los ricos, que los pobres los pagan siempre. Salieron estos caballeros a batallar en su cruzada en contra de la falsificación y lograron éxitos notables, pero que a la larga fueron más como los de Pirro, porque la falsificación volvió peor que nunca y ellos salieron de la aventura harto magullados, como cada vez que sale de correrías Don Quijote.

Mientras tanto, otros caballeros se plegaron a la gesta de Lula El Ermitaño, que siendo él mismo un siervo de molino, organizó a todos los como él, que eran millones, contra los molineros y contra los usurpadores y pronto se le vió al Ermitaño en andas de su pueblo y con la compaña de algunos caballeros, al principio pocos, que lo quería nombrar Rey del Brasil. Tanto crecía el clamor del pueblo por nombrar Rey a Lula, que los ricos las veían negras inventando de un día para otro héroes de mentira que a poco resultaban buhoneros y truhanes, como un tal Collorín que gobernó el Brasil por menos tiempo que el de las Garretas la Ínsula Michita, lo que se cuenta en otros de estos pliegos. Cuando comprobaron que el Truhán iba pronto a llevarse el Imperio entero para su casa, más luego lo echaron los caballeros reunidos, Lula El Ermitaño y el pueblo todo.

Se vino luego de la salida del ladronazo Collorín otro gobernante de por mientras y con él participaron varios caballeros, más primero que otros, el que luego de otra cruzada contra la falsificación de monedas, esta vez coronada por la victoria y aprovechándose más de un poco del susto a Lula El Ermitaño, llegara así de la nada o poco a Rey del Brasil y que se coronó como Fernando Henrique I. Muchos en Campilot, entre ellos la propia Emperatriz y casi todos, no podían creer su felicidad después de tantas batallas, al ver a uno de los de ellos con la corona de Rey y todos por él pelearon como los que más, para que su gobierno fuera por todos reputado y recordado como bueno, lo que con el tiempo seguramente así será. Sin embargo, ocurrió que encantaron al gobernante los banqueros del Imperio del Norte y sus pregoneros y durante el gobierno de Fernando Henrique I, como se ha dicho, se mezquinó el trigo de los graneros imperiales al pueblo, mientras se lo escanciaba sin medida a los de la avaricia que al Norte se lo llevaban.

Por eso finalmente, a pesar de que los buenos caballeros y aún la Emperatriz quisieran que sucediera al F.H.- I otro de los suyos, el Ministro de la Sierra, que decía y puede hubiese sido cierto, que iba a recortar con ella más a los ricos que el propio Lula, fuera en cambio éste último, trocado su atuendo de Ermitaño en otro apretado y a todas luces incómodo, de caballero, quién finalmente en andas de su pueblo y con la alegría de todos fuera coronado Rey del Brasil, el rey Pobre y Bueno que todos esperan que sea y están todos felices y maravillados por ello, a lo largo y ancho de todo el continente y también los caballeros.

Recibieron al Sarnoso en Campilot El Rey Don Joao Manuel y toda su corte y los Cuadrados Caballeros, encabezados por Don Paulo de Baltar, caballero tan discreto que a todos maravillaba y al Sarnoso, y Don Pedro el de Tejas que llegara, repuesto pero ronco de los gritos en el juego de pelotas, al que llevase a su nuevo amigo, el de la Sarna. Organizaron de inmediato los de la Távola dos torneos para recibir al Sarnoso y se maravillaban todos de los desatinos del de Chile llegado pero más se admiraba éste de ver como aquellos caballeros conocían y discutían acerca de asuntos de caballería tan antiguos y notables que se creía olvidados.

Fue en uno de esos torneos que se enfrentara al de la Sarna el otro cascarrabias, el del Cano, por el asunto de los molinos de viento. No le parecieron bien del todo al del Cano unos lances del Sarnoso respecto a los molinos y le recordó que todo el mundo sabía y al parecer El Sarnoso había olvidado, que en Chile El Usurpador, con la entrada del trigo extranjero había liquidado cuanto molino de viento hubiese quedado en pie, luego de las guerras de usurpación. No quiso enfrentar El Sarnoso la furiosa embestida del Cano, y mejor así lo hiciera, que con una finta digna de torero, que a todos maravillase por parecer tan imposible en tan desgarbado y desaliñado caballero, dejó pasar al otro de largo como a un toro, pero sin dejar por ello a la pasada de clavarle un par de banderillas que hasta hoy lo tienen rabiando. Porque resulta que este mismo asunto de los molinos de viento había enfrentado al Sarnoso con todos los demás caballeros en Chile años ha, y respecto del cual había el de la Sarna escrito hasta un libro, titulado en forma extraña algo así tan poco ingenioso como El Desarrollo de los Molinos de Viento en Chile Bajo la Usurpación, donde alegaba y con razón, que mientras los demás caballeros, la mayoría se encontraba lejos del país y desde allí farfullaban contra el Usurpador insultos y teorías parecidas a las del Cano, el Sarnoso y muchos otros caballeros que de noches combatían, durante el día disfrazados de maquinistas y para ganarse el pan, se dedicaron, porque a eso se dedicaban en esos años muchos otros que ni combatían de noche ni eran caballeros en disfraz, precisamente a reemplazar las viejas piedras de los molinos por otras más pequeñas y más ligeras, con las cuales se podía moler mucho más y mucho mejor que con las otras y de lo más bien enfrentar las arremetida del trigo extranjero.

Medio avivado El Sarnoso sin embargo, que tales razones y asuntos no iban a ayudar mucho a su embajada en esta tierra de Campilot, rogó a su Emperatriz, la que todavía y cada vez más convencida estaba que trataba con Don Manuel El Venturoso y a todos obligaba a leer cuanta payasada hubiese escrito el que ella en su sordera creía Venturoso y era Sarnoso; que no difundiese aquel libro antes mentado, el que a manos de los del la Távola y especialmente a las del Cano llegar jamás debía. En verdad tales precauciones eran de sobra, porque todo el mundo sabe que el libro del Sarnoso es tan aburrido en su intento de seguir hasta la perfección las reglas de las historias de caballería, que no lo ha leído nunca nadie, ni es probable que alguien lo lea jamás, como no sea el Caballero de Caputo, El Gordo, pero eso es asunto de otras historias.

Así discurrían los días del Sarnoso y la Emperatriz en la ciudad perdida de Campilot, entre torneos y firma de tratados, sellado de alianzas y planificación de cruzadas. Cada día que pasaba se entusiasmaban más los de la Távola y especialmente el Rey Don Joao Manuel, en la embajada del Sarnoso y en su descabellada propuesta de juntarse los caballeros de Chile con los del Brasil para iniciar una cruzada que terminara con el Reino de Chile y el de Brasil más unidos que los de Castilla y Aragón y que diera con las cabezas de los inquisidores rodando, en una degollina general y su sangre chorreando por todos los ríos del continente que rojas quedaran sus aguas, o negras, con tan malhadadas sangres. Una vez la Emperatriz, que a todo esto daba su apoyo y respaldo pero en el buen seso que toda Soberana siempre debe mantener y que no lo tienen sino seco los enloquecidos caballeros, dejó solos por unos breves instantes al Sarnoso y al Rey Don Joao Manuel, mientras atendía otros asuntos de su Imperio. No podía dar crédito la soberana lo que se encontró a su pronto regreso, que habían elucubrado los afiebrados sesos de tal pareja de locos. En momentos que regresaba la Emperatriz a poner orden en las cosas, iban ya Rey y Sarnoso con los ojos desorbitados planificando el asalto final a Jerusalén, en una descabellada cruzada que solo existía en los desvaríos del par sin seso y que había movilizado, según ellos, a un millón de hombres por año, aportados por igual por el Reino de Roma, Inglaterra, Gaula, Francia, el Brasil, la Argentina, el Uruguay y el mismo Chile y estaba el Rey loco llamando al Ministro de Escuelas que es su amigo, para pedirle fondos para iniciar de inmediato la descomunal aventura. Todo puras locuras, pero entre tantas, la Emperatriz logró convencer a todos, en acuerdo siempre y como siempre ellas, que así entrambas gobernaban todo y a todos, con la Reina de Pernambuco, que iniciaran una pequeña cruzada, más modesta, pero que fuese el mismo verano que pronto se venía. Todo fue aprobado en gran contento por todos y especialmente por los nóveles Caballero y Dama, Don Paulo y Doña Rosana, que quedaron al punto designados a dirigir esta cruzada menor.

A todo asentía El Sarnoso, alegando que todos los soldados y víveres que pusieran los del Brasil él los ponía igual en número y valor, a pesar de que no tenía el caballero donde caerse muerto. Se admiraban todos sin embargo que en su locura pudiera este caballero sin seso mantener tal compostura, que debe ser siempre la de los buenos embajadores de los buenos países, que pueden ser grandes o pequeños, pero saben enseñar de alianzas y embajadas de las buenas hasta los más tontos o desatinados de sus súbditos leales, que de los otros que no saben de nada y traicionan todo y van por ahí mendigando, hay de sobra también en todas partes.

Partían ya La Emperatriz y El Sarnoso, invitados por la Reina Liana a sus tierras de Pernambuco, conocida como la Roja, para presenciar allí la elección del Buen Rey Lula, antes El Ermitaño, mientras llegaban alentadoras noticias de que la Reina había tenido una recuperación asombrosa de una grave operación que le habían practicado los mejores médicos del Reino y que quería ver al Sarnoso a su regreso y así quedara todo concertado, con la Reina operada y preocupada del despreocupado caballero.

La Visita del Sarnoso y la Emperatriz al Reino de Pernambuco y el encuentro con el Marqués Loco de Brennand

Llegando la Emperatriz y su curioso acompañante, que el yelmo blanco no se lo sacó nunca más, al Reino de Pernambuco, fueron recibidos por la hermana de la Reina Liana, Doña Maria Paula, quién los echó arriba de una veloz carroza, la que se llenaba de un frío terrible por unos hielos extraños y mágicos y que al Sarnoso desesperaba, porque no lo dejaban dormir tranquilo que es lo que más agrada al atontado caballero. Los paseó la encantadora anfitriona por todas partes en su carroza, mostrando las playas y rincones y canales y viejas casas y ventas de Recife y Olinda, y luego los invitó a almorzar a su castillo en Recife, que ya les dejaría para ellos solos su otro castillo, en las playas de Olinda.

Llegaron a aquel almuerzo en Recife la otra hermana de la Reina Liana, que con ésta la primera hermana, trenzadas estaban entrambas por el asunto del Rey a elegir. Que mientras la primera hermana quería ver elegido al de la Sierra, y pensaba que la otra hermana igual debía por él votar, puesto que, ella decía, le había conseguido el Rey Fernando Enrique I un trabajo de constructor de acueductos al marido de ella y no podía ser malagradecida la otra. Discutía la malagradecida que ella por el rey Lula votaba y que en ello nada ni nadie la haría cambiar y a la calle vamos, con las rojas banderas y que fue. Y así discutían y reñían y todo eso divertía sobremanera al Sarnoso, por verlas tan bonitas y gallas a las hermanas de la Reina Liana, que ardía en deseos el Sarnoso de conocerla a aquella, que como sería si así de nervio mostraban sus hermanas. Por hacer trifulca azuzaba El Sarnoso a las hermanas, diciendo a la de Sierra que incluso en el reino de Chile, de mala fama por ser el pueblo más malagradecido del mundo, se respetaba la ley no escrita de que si un Rey otorgaba un favor tan importante a un pariente, como fuera el de ser inspector de acueductos y aún uno mucho menor, obligados estaban todos en esa familia a votar por el mismo Rey o quién éste indicase, en las cortes más próximas. Todo ello eran inventos del Sarnoso, porque todo el mundo sabe que en Chile por todo público servicio se recibe no otra cosa que el llamado Pago de Chile, es decir, nada.

Estaban en eso discutiendo las hermanas cuando apareció, como un ángel, la bella doncella Carolina hija, de Doña Maria Paula, de la cual quedó inmediatamente prendado el tonto caballero y la miraba todo embobado, porque no había visto tan linda doncella nunca. Y más todavía cuando la doncella ésta contara la historia de su abuela, la que había conocido a su abuelo y de él habíase prendado de inmediato y siendo muy niña, a pesar de ser el otro viejo, aunque nunca tanto como Matusalén o El Sarnoso. Claro que todas las boberías, ilusiones y fantasías del desarreglado Sarnoso se esfumaron, cuando la doncella ésta agregó que la suya abuela había caído presa de amores porque al abuelo habíalo encontrado oloroso, cosa que como todo el mundo sabe, dejaba fuera al de la Sarna de cualquier ensueño, porque es hediondo a más no poder el triste caballero.

Era la abuela esa bien famosa, porque siendo hace muchos años la encargada del único telégrafo de Pernambuco y muy doncella, pero ya hábil y decidida como todas las de su estirpe, se enterase por los repiqueteos que ella sóla sabía descifrar, que se preparaba en el Reino un crímen en emboscada, a un señor que regresaba a sus tierras por las del padre de ella, Corrió la abuela-doncella adonde el autor de sus días y le dijo y el crimen fue impedido y muchos anos después, siendo la hija Liana perseguida y presa antes de ser Reina, como generalmente ocurre, porque era ella miembro de la Liga de los Comunes, como lo ha sido El Sarnoso, La Gitana y tantos caballeros andantes y sus damas, porque buenos y luchadores caballeros y damas fueron estos Comunes, vino en salvarla a la presa y perseguida y a ocultarla, aquel mismo caballero que antes salvara su abuelo por aviso de su madre. Es así de bravía la raza de estas damas, Reinas, Princesas y Doncellas Pernambucanas.

En todo caso acompañó la doncella a la Emperatriz y al Sarnoso, para gusto del bobo y los paseó, bastante dedicada ella, gentil, amorosa y divertida también con los entuertos y enredos que a cada rato armaba el de Chile por obra y gracias de la Emperatriz venido.

Y ninguno fue más divertido para la doncella que el encuentro del Sarnoso con el mismísimo Marqués Loco, de Brennand, con quién se encontraran mientras visitaban todos el antiguo feudo del Marqués. Como no puede feudar ya más, por haberse quedado sin siervos y todo el mundo sabe que no hay señor sin siervos y este Marqués no era de transformarse tampoco en mercader, que es como se tienen en la época de ahora siervos de los que dan riqueza y no de los otros, los sirvientes, que más bien las quitan. Así es que se dedicó mejor el Brennand éste a escultor y tiene ahora lleno de esculturas toda la ciudad y siempre son las mismas, lanzas de caballero y posaderas de dama, de todos portes y formas, pero todas bien grandes, enormes y gigantescas en el caso de la que adorna el puerto de Recife, que es más alta que la torre de Babel, con la diferencia que al verla todos entienden de que se trata, a la primera. Queda claro que el pobre Marqués es en eso lo único que piensa todo el día y toda la noche, aunque ahora tiene incluso más años que El Sarnoso y casi tantos como el antes mentado Matusalén y que se va a ir al infierno por ello sin vuelta. Paseaba El Sarnoso con la Emperatriz, la Doncella y la Madre de ella por el parque de esculturas del Brennand, cuando de frente se topan caballero y escultor y se reconocen ambos como muy parecidos, con sus blancas patillas y patuleca apostura, más la del escultor que la del caballero, ya que incluso se ve obligado a usar bastón el primero, que diversión le producía al uno la triste figura del otro. Y tal como le pasara a su turno al Sarnoso, bastó ver el Brennand a la Doncella, para caer al punto rendido de amor ante tanta belleza y empezó a perseguirlos el dueño a los visitantes por todo el viejo feudo que es ahora museo, queriendo retratarse con la Doncella. Enternecido El Sarnoso ante tan ridícula postura del Escultor, consistió él mismo en sacar a ambos un daguerrotipo, con una caja luminosa que portaba la Emperatriz y así quedaron felices todos, Escultor, Sarnoso, Emperatriz y divertida la Doncella, que incluso su madre se riera con cuadro tan desaliñado como no se viera nunca en Recife ni antes ni después, de los dos viejos embobados y embabados, ridículamente enamorados de la misma bellísima y divertida Doncella.

Resultó que el Brennand éste tiene un tío, que sí se decidió éste a trocar el oficio de señor sin siervos por el de mercader con muchos, y de ellos sacó gran fortuna. Como tuviese el tío la misma lesera del escultor, esa de revivir tiempos pasados y combatir la decadencia y decrepitud de los feudos, que fuera inevitable y por lo demás muy buena, sobre todo para los siervos, aunque no tanto para los señores, el otro Brennand, loco asimismo y éste millonario, compró e hizo desarmar piedra por piedra un castillo de Francia y lo armó de nuevo en Pernambuco. Llenó luego el rearmado castillo de obras de arte ajenas, que para las propias era bueno el sobrino. Por allí pasearon asimismo la Emperatriz y El Sarnoso, maravillados de los desatinos y del genio de tales locos.

Y así estuvieron La Emperatriz y El Sarnoso, alojados en el Palacio en la Playa que dejaren para ellos las hermanas de la Reina de Pernambuco lleno de frutas que más abajo se detallan por diligencia de Sofía La Escribidora. Paseando por esas playas tan largas y bonitas, que el de Chile las recorría maravillado en larguísimas correrías y caminatas, viendo por todos lados lo que el creía eran princesas y duquesas y marquesas y dueñas, todas tan bonitas y enamorado de la Doncella que estaba y luego más tarde de la Duquesa, que ya se relatará aquello, que todo se le hacía un enredo en la cabeza al de Chile y que pensaba que estaba rodeado todo el tiempo de bellas que lo acariciaban y cuidaban y lo alimentaban de delicias y manjares, que todo eso lo imaginaba el pobre y atontado caballero.

Y fue en Pernambuco la Roja que El Sarnoso y la Emperatriz presenciaron la gran victoria del buen Rey Lula, que tal pareciese en las calles de esa ciudad que fueran todos rojos, porque así era el color de las camisas de los que calles y plazas llenaban. Y que en un primer envión quedó a las claras que ganaba la justa el buen Rey Lula y que en el segundo envión las ganó al galope. Y así es que todo el continente se alegra con esta victoria y más los caballeros y El Sarnoso y todos asimismo en el Reino de Chile. Que los planes de cruzada del de la Sarna y del Rey Joao Manuel, de la degollina general de los secuaces de la inquisición y la conquista de Jerusalén y la anexión de los reinos de Casilla y Aragón marchan con esto viento en popa y ya se verá como sigue esta aventura en capítulos por venir. Caminaban una noche El Sarnoso y la Emperatriz, luego de la victoria parcial del Rey Lula en el primer pujo, cuando en la puerta de una iglesia vieron grabada una frase de un tal Paz, que decía "quien ha visto la esperanza no la olvida, la busca bajo todos los cielos y en todas las gentes ". Quedaron los dos callados y pensativos un buen rato.

De Cómo El Sarnoso Fuera Recibido en la Ciudad en las Nubes por el Caballero Loco Don Benicio y el Embajador y Cayera Rendido ante la Belleza de la Duquesa y Recibiera por ello una Cierta Recriminación de la Emperatriz

Así estaban las cosas cuando llegó el turno al Sarnoso y su Emperatriz de atender el torneo que en la Ciudad en las Nubes había organizado para ellos el Caballero Loco, Don Benicio quién, como ya se sabe, por orden de la Emperatriz y su propio contento, había pagado todos los billetes de caballo alado que trajeron al de Chile al Brasil y por todas partes acá lo pasearon.

Llegado el Sarnoso a la Ciudad en las Nubes por la noche, sobrevolaba su caballo alado esta ciudad de ensueño, obra de un arquitecto loco, el ya mentado Nye May Er, ordenado por un Rey Loco, Don Juscelino El Grande, aprobado por unas Cortes de locos en un día que el Rey Juscelino dijera que era el más feliz de su loca vida, y construida y soportados todos ellos y elegidos, por un pueblo de locos, porque a nadie en sus cabales se le hubiese ocurrido esta idea maravillosa de construir su capital encima de las nubes y menos hubiéranla de llevar a cabo. Y se maravillaba el admirado Sarnoso de todo esto y crecía su respeto por estas gentes, que maravillas como ésta eran capaces de crear, mientras hacía sus diarias correrías recorriendo de punta a punta la afamada avenida que es la más ancha del mundo entero y que lleva de la gran Torre del Pregón hasta el Palacio de las Cortes del Brasil, flanqueado por las torres de todos los ministerios y por la Catedral, que fuera diseñada y construida por el muy ateo y miembro de la Liga de los Comunes, Nye May Er y es la más bella del mundo y por los más bellos palacios que son el de Justicia y más que nada el de la cancillería que acá se conoce con el lindo nombre de Itamaratí. Viendo todo esto el Sarnoso, aprovechó para recortarse un poco las barbas y las crenchas, que bien indecentes andaban de largos y desgreñados luego de tantas correrías, que muy bien lo atendieran para ello en una tienda de unos italianos de oficio peluqueros.

Así andaban las cosas, cuando sonaron las trompetas y se dio partida al torneo organizado por el Caballero Loco, Don Benicio. Se ha dicho ya que este caballero estaba combatiendo sin tregua desde ha por lo menos doscientos años y tanto era, que muchos afirmaban que estaba en realidad muerto, aunque no sepultado, desde hacía mucho tiempo, pero como el Mío Cid Campeador, continuaba cabalgando y ganando guerras después de muerto. Lo que es de cierto, es que el Caballero, muerto o vivo, dormía poco y cada vez menos, y se decía que no más de tres o cuatro horas cada día, lo que dejaba al menos veinte o veinte y una horas por día que rellenar con locuras y desatinos.

Ya se habían conocido, como se ha dicho, Don Benicio y El Sarnoso, en Santiago, donde estuviese El Loco enviado por su señor el rey Fernando Enrique I, junto a su Señora, La Duquesa. Y en no verlo supo ya entonces El Sarnoso que era este caballero Don Benicio de su misma madera y al revés lo mismo. Que a locos a más no poder e insensatos y poco discretos, estrafalarios, enamorados y medio bellacos, corrían ambos El Loco y El Sarnoso, bien a parejas. Hasta se parecían, flacos que nadie sabía como, porque comían como Heliogábalo y con piel de pergamino. Pero lo que a todos admiraba era que, mientras si en desgreñados y largos fueran de cabellos los dos locos, que ni el uno ganaba al otro ni éste al uno, los del Sarnoso eran blancos como los de Brennand, mientras el de doscientos años y veinte o veinte y una hora de locuras por día, no peinaba, si pudiera decirse que alguna vez hiciesen esto los caballeros, ni una sola cana. De allí la fama de estatua de cera y muerto que Don Benicio tenía.

Y nunca se viera torneo más desordenado que este de Don Benicio, El Loco, que todo el que llegaba y llegaron muchos, empezaba en no más llegado, a dar de lances y pases y vueltas y revueltas con el arma que más le gustara.Y era así como se veía a unos caballeros andar para un lado y otros para otro, lanzando mandobles y redobles terribles, pero nunca podían concordar entre todos con que armas combatir y así como todos se admirasen de tanta gallardía fuerza y destreza que cada uno desplegase, al final como que todo quedaba en nada.

Pero nunca hubo en ruedo alguno mayor locura que aquella tarde en que juntos entraron a la arena nada menos que El Sarnoso, Don Benicio, El Caballero del Uruguay y El Excelentísimo, que es el Embajador de Chile. Sabido el Embajador que El Sarnoso estaba en esta justa y habiendo sido compañeros ambos en su niñez, en un monasterio donde aprendieron las pocas letras que sabían, presto a la justa fue venido y quiso en ella combatir. Evolucionó primero Don Benicio y todos se maravillaban de tantos desatinos que hizo y con tanto empeño y valentía que en ello El Loco ponía. Cuando en medio de sus desenvolturas Don Benicio estaba y que no poco tiempo, que era a lo menos un día entero con su noche y media mañana del que le seguía, que sin parar el de poco sueño había en el ruedo combatido, cuando hizo su entrada el Excelentísimo.

Presto se retiró Don Benicio, dejando el campo completo al de la Embajada, y se fue as comer unos salgados. El Embajador a todos maravilló con una rutina de preparados pases que El Excelentísimo desenvolvía con una gallardía y prestancia que a todos dejaba con la boca abierta y asimismo al Sarnoso, a Don Benicio y al de Uruguay, que junto al de los lances la arena ocupasen. Claro que el de la Excelencia no menos de tres días completos, con sus noches, demoraba en completar la rutina, que en unos pliegos estaba detallada y todos veían, con cierta preocupación, que bien lentas iban soltándose del grueso fajo las fojas con las instrucciones, que más parecían siempre ser los pliegos que faltaban por completar, que los ya brillantemente ejecutados. Pero como no hay nada que no termine, finalmente completó El Embajador todos los pases que sus instrucciones indicaban y todos aplaudieron bien contentos, no bien se sabe si por lo que hizo, que bien notable estuvo siempre, o por haber finalmente terminado los pliegos sin faltar ninguno. A estas alturas El Sarnoso propuso una tregua y todos salieron del ruedo bien contentos que tullidos estaban y fueron a despachar algunos salgados y unos vinos, mientras El Sarnoso despachaba una siesta que es siempre lo que más le agrada, que en todas partes se queda dormido.

Vueltos al combate luego de la tregua que bien corta fue, tocó al de la Sarna hacer sus evoluciones y a todos admirase su representación con armas y todo, de la historia de la Liga de los Comunes del Reino de Chile. Esta, como se sabe, es una bonita historia de campesinos, que fueran enganchados y llevados a las minas de sal del desierto, por unos avariciosos ingleses, que eran los dueños de las minas. Pero allí llegara Luis Emilio, El Ermitaño y el otro, Laferte, y a aquellos campesinos enseñaran lo que era la Liga de los Comunes. Que a todos gustara la Ligay hermanados en ella, contra los avariciosos dueños de las minas se enfrentasen y aún cuando grandes matanzas aquellos llevasen a cabo, más fuerte fueran al final los campesinos, ahora medio obreros, que algunas mejoras consiguieron. Agotadas las minas volvieron aquellos obreros a sus tierras, a sus familias, en el campo y quedaron en la ciudad los más o la mitad, que por todas partes así se extendiera y a lo largo de todo el Reino de Chile, que bien largo es y más flaco, la Liga de los Comunes. Y estas familias ya en la Liga organizadas con su hijos y nietos y los hijos y nietos y nietas de ellos, organizaron muchas cosas, con los pobres. Como las villas de pobres de las grandes ciudades del Reino, que cada una de ellas un batalla representara y que tomasen así nombres como La Victoria, Herminda de la Victoria y así muchas más. Y con el paso de los años estas familias enligadas, junto a otras huestes y a todos, llevaron a la victoria al Buen Rey Don Salvador, que nunca lo hubo mejor en Chile ni más justo, que por eso lo matara El Usurpador. Así admiraba El Sarnoso a los mirantes, que con los lances y fintas de sus armas esta historia relataba y que a todos maravillaba, como tan desgarbado caballero de tan lejos llegado, tanta pirueta pudiese realizar.Pero mucho mejor fuera para todos que la cosa ya fuera terminando, porque El Sarnoso estuvo en eso no el peor, que de todos modos más de un día estuviera en combate y con su noche.

Y ahí vino la cosa grave, puesto que no bien entrado al ruedo el del Uruguay, que era de la jornada el que faltaba, empezó a dar unos mandobles terribles que parecía que iban destinados a otros caballeros que semanas antes había pasado por el ruedo. Pero nada quedaba muy claro porque los golpes iban un poco de tontas a locas. Claro que invirtiese en esos mandobles el Uruguayo, al menos tres días con sus noches, porque todo lo hacía con cuidado y bien lento y más todavía, que no fuese a equivocar algún golpe por la prisa el de Uruguay. Y no bien terminaran esos golpes, cuando ya advirtiese el Lento que ahora sí que iba a aburrir al público, que el mismo lo dijera, porque tenía preparada e iba a representar ahora, completa, la historia de la caballería. Y empezó la historia el Uruguayo un siglo antes de caído el Imperio romano de Occidente y siguió adelante, bien minucioso el de la República Oriental, siglo tras siglo, con cuidado, que un día completo, con su noche, invertía el lento y prolijo caballero, para cien años de historia relatar, que rápido puede parecer así de dicho, pero un poco lento parecía a los que miraban el torneo. Y todos más ocupados estaban de sacar cuentas, de cuantos días y noches iba a seguir combatiendo el caballero, hasta arribar al siglo anterior al de las Luces, que en ese siglo fuera, como todo el mundo sabe, cuando se escribiera El Quijote de la Mancha. Venía el del Uruguay, luego de combatir sin descanso una semana entera con sus noches, llegando al siglo catorce y todos calculaban contentos que sólo le faltaran tres siglos al relato, cuando, recordando el implacable caballero que por el camino se le fueran algunos detalles, los que de seguro a su público debía, decidió regresar al siglo noveno.

Fue ese un momento complicado para el torneo y para todos, pero más para El Embajador y El Sarnoso, aunque menos para este bellaco que ya se contará más abajo a que se había dedicado durante todo el torneo, que inmóviles debían estar en el ruedo mientras combatiese El Uruguayo y en esa posición firme habían permanecido ya más de una semana.Todos los demás entraban y salían, comían, dormían, follaban y hacían todas las cosas que deben ser hechas, y más que nadie Don Benicio, El Loco, quién mientras combatía El Uruguayo tuvo tiempo de conquistar tres ciudades, que todos se admiran que nunca se queda quieto, ni siquiera cuando duerme, que es poco. Sin embargo tan grande fuera el valor y la disciplina de los de Chile, Sarnoso y Embajador, que permanecieron a pie firme hasta que terminase El Uruguayo su tortura eterna y que bien contentos se pusieron todos cuando eso ocurrió, que lo aplaudieron más que a nadie y más que todos aplaudían al terminado Uruguayo los de Chile.

Si amigos fueron antes poco, en el monasterio, después de tal Uruguaya tortura juntos por ellos padecida, son hermanos de sangre y para siempre, Sarnoso y Embajador, hermandad que celebraron con banquetes y tomateras en la Embajada, donde El Embajador paseara al Sarnoso por la Recámara del Rey de Chile y la pusiera a su disposición junto a su carruaje, que era alemán. Y allí se enteró el de la Sarna de la grave enfermedad que aqueja a la bellísima y por siempre Señora de su ahora amigo Embajador, que a ambos en los banquetes y tomateras de ellos, gentil y graciosa acompañara ella, que en verdad no había al Sarnoso nadie que de la Embajada lo echara, que bien contento allí estaba. A cada rato hacía ademán El Sarnoso de irse y los otros, Embajador y Señora, con arte de diplomacia lo rogaban que se quedara otro rato, mientras para sus adentros rogaban que se hubiera ido hace mucho. Y El Sarnoso, de por sí pegote, ignorante en las artes de la diplomacia y más que nada desatinado, otras copa se servía agradecido y vamos de nuevo con los cuentos y recuerdos y amistades y al rato todo de nuevo, hasta que le dio finalmente sueño y se fue. No sin antes prometer El Embajador al Sarnoso, que en la Embajada recibiría a los Caballeros de la Távola Cuadrada en Pleno, para firmar allí las Embajadas que al Brasil al de la Sarna con misión trajese.

Pero se ha dicho antes, que a lo largo del torneo El Sarnoso bien poco se preocupase de nada más que no fuese La Duquesa, de la cual si antes en Santiago su atención había llamado, ahora a la Ciudad en Las Nubes no bien llegado, había quedado de ella el de la Sarna perdidamente enamorado. Era esta Duquesa tan hermosa y tanta galanura y delicadeza pusiese ella en todo y cualquier movimiento que hiciesen sus largos brazos, especialmente cuando con ellos, a menudo, el largísimo, suavemente ondulado y sedoso cabello se revolviese, que así atacaba principalmente esta Duquesa, que nada más que eso se atreviese a mirar El Sarnoso, que ya era más que bastante. El muy veleidoso no hallaba solaz ni contento, sino en todos los momentos, que eran casi todo el rato, en que su ya bien gordo ojo y de reojo, para que nadie se diera por enterado del muy evidente y arrobado embobamiento del invitado, se posare que más no podía hacer El Sarnoso, sobre las evoluciones de la Duquesa. Y puesto que bien largo fuera el torneo de Don Benicio, harto tiempo tuvo, el muy bellaco Sarnoso, para refocilarse en mirar, que más nada hacer podía, a la que su corazón había arrebatado y su mente embobado.

Era así que en aquel dominio que El Loco gobernaba a viva voz, nadie tenía al parecer nada que hacer, como no fuera noche y día mirar a los caballeros combatir en el torneo o en banquetes afuera, comentar los combates que habían sido o los que luego venían. Y tan educado público para lídes de caballería era ese que nunca El Sarnoso viera otro igual, que en otras parte arrojan a los caballeros las mismas porquerías que las gitanas dan de comer a sus críos, y al de Uruguay hubieran linchado tantas veces como siglos abarcaba su interminable historia, mientras acá respetuoso y atento, el público apreciaba el accionar incansable de los caballeros y al final, agradecido, aplaudía.

Y así transcurrió ese torneo, en que la propia Emperatriz al ruedo entrase y a todos maravillase con su dominio del arte de la caballería y a cada cual pusiera en su lugar, en especial a unos nóveles caballeros que bien valientes eran, pero que a las lanzas y espadas daban en llamar de otra manera y con nombres que otra cosa decir querían, como todo el mundo sabía, pero que se hacían los lesos, porque los que financiaban el torneo del Loco así les gustaba que se llamaran, aunque bien poco tenían esos nombres que ver con la recta caballería. Y mientras hablando su Emperatriz estaba, el muy canalla del Sarnoso a la Duquesa de reojo y como un bobo miraba.

Y tocó que en un banquete brindado por Don Benicio en la venta de unos italianos, a los caballeros invitados a su loco torneo, tocó al de la Sarna sentarse al lado de la Emperatriz, como correspondía, pero al otro lado de la soberana del Brasil, la Duquesa se encontraba ubicada. Toda la noche y sin cuidado ni riesgo ninguno se pudo solazar El Sarnoso mirando, juntas, a tan bellas y habilosas dueñas como no hubiese visto nunca juntas, su Emperatriz y la Duquesa, que era del Loco. Tan embobado estaba El Sarnoso que más a la Duquesa miraba, porque en esa posición obligado a ello estaba y bien contento de tal obligación, que la Emperatriz le puso un babero que los italianos repartían para no chorrearse los caballeros las cotas y armaduras, con esos sucios y delgados hilos de pasta chinos, que tanto gustan a los de Italia. Junto con ponerle la emperatriz el babero al Sarnoso, y decirle que no babeara tanto, le sugirió que de no tomar en su embobamiento mayor compostura y recato, ni el babero del italiano le iba a proteger del vino que encima le iba a caer.

Y para que decir cuando la propia duquesa al ruedo ella misma salió, que El Sarnoso de una alta galería por poco al suelo cayera, que tan embobado estuviera, más cuando demostrase ella que no sólo hermosa era y enloquecedora en sus evoluciones, especialmente cuando se levantara el cabello, cosa que, con tanto calor, a menudo hacía, sino que dominaba tan bien y con tanta maestría los asuntos de caballería, que a todos maravillase tan bella sabiduría.

Don Benicio muerto pudiese estar y ello no se sabía, pero aún así era más vivo que todos, y como de encantamientos de la Duquesa sabía más que nadie, salió bien ligero en ayuda de su amigo El Sarnoso. Tampoco quería El Loco que le ocurriese, lo que al Rey Arturo con Lancelot del Lago y la Reina Ginebrina, o al mismo Roldán de Francia, sobrino de Carlomagno y Héroe de Roncesvalles, Dueño del Caballo "Vigilante" y la espada "Durandarte", que todo el mundo sabe lo que ocurrió a tales caballeros. Aunque peligro de ello ninguno en este caso había, no sólo por la virtud de la Duquesa, que brillaba como las estrellas o el sol, sino por lo destartalado del pretendiente, que a todos divertía mirarlo embobado como un tonto y más que nadie a la Duquesa, al Loco y a la propia Emperatriz, a pesar de las fingidas protestas de esta última. Aún así prefirió tomar sus precauciones Don Benicio, que en estas materias la cautela nunca abunda, y le presentara al de la Sarna a una Dueña Italiana que a la sazón por sus dominios andaba. No bien le presentara al Sarnoso el Loco a la Italiana, que enloquecido quedase con ella el pobre caballero, que así de tonto era y más ahora, cuando lejos de su Señora, La Gitana, estaba.

Y así transcurrían estas aventuras sin cuento en el torneo de Don Benicio, El Loco, que muchas otras aventuras corrieran juntos Loco y Sarnoso y a todos maravillaba, que tales desatinos nunca se vieran, cuando tan impresentable pareja se juntase.

La Visita del Sarnoso y La Emperatriz a la Ciudad de Río de Janeiro, la Más Bella del Mundo, y donde los Paseara la Marquesa de Bahía

Trascurridos cinco meses ya del torneo de Don Benicio El Loco, y faltando todavía dos más para que finalizare, brillantemente como afirmase más tarde el bien satisfecho Loco, La Emperatriz, que a poco de iniciarse esta estrafalaria justa había dejado allí sólo al Sarnoso, mejor ocupada ella en sus quehaceres de Imperio gobernar, lo mandó buscar, para mostrarle su ciudad de Río de Janeiro, reputada como la más bella del mundo.Apenas llegado dio el de la Sarna por cierta la reputación de ciudad tan hermosa como nunca sus ojos había imaginado que pudiese existir, que todas las ciudades bellas del mundo habían conocido esos viejos y cansados ojos, antes de conocer ésta, que a todas supera y en todo.

Le presentó también la Emperatriz al Sarnoso a su amiga la Marquesa de Bahía, que vive en esa ciudad de Río, encaramada en su sencillo palacio al borde de la Selva de Tijuca, Como todo el mundo sabe y más el Sarnoso que la corriera de parte a parte, está llena esta selva de macacos, papagayos y boboletas que llaman así a las mariposas y son negras y más grandes que una mano y muchos otros bicharracos y alimañas y cubre esa Tijuca como una melena, los inmensos peñones que por todos lados protegen a esta ciudad de carnavales. Tan sencilla era la casa de la Marquesa, como finos sus materiales, que el piso de la casa era todo de oro puro, pero tan opaco, que lo hacían aparecer como piedra rosada. Les mostró la Marquesa en su casa de ella al Sarnoso y a su amiga La Emperatriz, mientras les daba agua de coco, muchos libros con la historia de aquella ciudad y sus lugares más hermosos, que luego recorrerían ellos así bien informados. Y bien le vino al Sarnoso el agua de coco y las ensaladas a que los invitó más tarde, y la gentil sencillez de esta Marquesa, que bien bonita tenía su piel y más que muchas y que en ella nada se echaba, como la mayoría de las otras damas y dueñas de esta historia y más La Gitana y La Emperatriz, que se embadurnaban en la cara cuanto menjunje o emplasto les vendieran los charlatanes.

Porque todo lo de la Marquesa fue un breve reposo y un solaz, en esta tierra de excesos y sensualidades, que al enjuto caballero, venido de unos secos pedregales y cerros, donde el charqui de caballo se considera un lujo, parecía que le iban a derretir la mollera.Allí en Río invitó al Sarnoso la Emperatriz, por ejemplo, a comer la inigualable Feijoada, que al de la Sarna lo dejó patitieso por varios días, así como a muchos otros banquetes y jugos y carnes sin cuento, que todo en esa ciudad parecía tener olores y colores y sabores que podían enloquecer a un buey.

Y entre todas esas deliciosas y suculentas imaginaciones, recordaba El Sarnoso, pero de esto nunca estuvo bien seguro y más bien lo atribuía, este recuerdo, a las fantasías de su afiebrada imaginación, que el recuerdo era ese que en una ocasión o dos, la propia Emperatriz le habría propinado al flaco de la Sarna unos pellizcones. Pero bien puede haber sido cierto aquello, que es sabido que las Emperatrices, como las Reinas, las Duquesas, las Marquesas, las Princesas, las Dueñas y las Doncellas y de todas ellas más las Gitanas, tal como las vaquillas, son muy curiosas, y no es de extrañar que la Emperatriz hubiese querido cerciorarse ella misma, con estos pellizcones, que El Sarnoso era de carne, aunque reseca y no de cera, como pareciera.

De cómo la Reina de Pernambuco Despidió al Sarnoso en Su Palacio de Aire, Luz y Orquídeas y el Rey Don Joao Manuel lo Hiciera Morder el Polvo en la Justa del Flan de Chocolate

Meses más tarde y ya presto a emprender El Sarnoso el regreso al Reino de Chile, que no mucho más le aguantase nadie por el Imperio del Brasil, llegó a la Emperatriz un mensaje de su amiga la Reina de Pernambuco, invitando a ella y al de Chile a un banquete de despedida en su palacio de ella, en Campilot. Se maravillaban todos del temple de su soberana y su gran gusto por las novelas de caballería, que ofreciese la Reina un banquete al Sarnoso, tan pronto de regreso ella de enfermedad tan grave que la aquejase, que al Reino y al Imperio todo tenía por semanas de rodillas, rogando y rezando por su pronta recuperación.

No bien repuesta todavía, invitó la Reina de Pernambuco al banquete sólo a la Emperatriz y su destartalado acompañante, y por cierto se hicieran presentes el Rey Don Joao Manuel y un hijo de uno de ellos. Afanaron por semanas las esclavas de la Reina, preparando los manjares del banquete, los que, por diligencia de la Escribana Sofía, pueden conocer los amables lectores de este mal relato, encabezadas por la sin par Esclava Lourdes quién, al igual que la Esclava Francisca de la Emperatriz, fuese la única que a la Reina Liana enfrentase a diario de igual a igual, llevando ella, la Esclava, más que su Señora, las de ganar casi siempre, en los dulces combates hogareños, por motivos de delicadezas y delicias que fueren descritos mucho más arriba en estos pliegos.

Cuando los recibiera en su palacio de luz, aire y orquídeas, le obsequiara el último banquete, y el mejor, junto con el primero de la Emperatriz, que es su hermana no de sangres, pero sí de amores, de la Reina, que hubiese comido El Sarnoso en esta aventura del Brasil y en cualquier otra parte, como no fuera en Fenicia y aún mejores. Contaría en esta ocasión la Reina de Pernambuco al de la Sarna una historia de esos Brennand que conociera El Sarnoso en su paseos con la Doncella Carolina.

Decía así la historia de la Reina, que siendo ella muy niña y antes de ser Princesa o Reina, fuese ella Sierva, como todas las Reinas mejores, que son las primeras de su real estirpe y por mismo se enorgullecen de ello. No como esas otras Reinas y Reyes menores que les siguen en estirpe más abajo y que, criadas Princesas y criados Príncipes, no siempre recuerdan sus madres y a veces de adrede olvidan enseñarles, que todo Rey o Señor antes fue campesino y pobre, que rico Señor o Rey. Y era la Reina Niña, entonces Sierva, y estaba con sus hermanas y muchas otras pequeñas siervatillas, en el feudo de Brennand, que allí servían. Y miraba y admiraba la siervilla que luego Reina sería, al loco del escultor, que loco era ya, pero no por entonces ni escultor ni viejo, blanquibarbado y patuleco como lo viesen El Sarnoso y la Doncella Carolina, sino joven y según la Reina, bello. Eso no puede ser porque, como enseñare al Sarnoso su viejo tío Don Bernardo de la Sarna, que poco trabajase y más durmiese en su larguísima vida, que casi sólo a siestas se dedicase, pero que discreto fuese siempre el tío, que decía que bellas son sólo las damas, mientras los caballeros todos, como bien lo atestiguaba Don Bernardo y lo confirma el mismo Sarnoso, son feos, peludos y hediondos. Pero así lo recordaba ella, la admirada siervatilla luego Reina, como a un especie de dios griego, al viejo Brennand, entonces doncel.

Y hermosa es, diría quizás un poeta que no lo es el autor de estos pliegos, la escena de la bellísima, discretísima y habilísima pequeña Reina que todavía no lo era, pero que ya era mulata, como son sus Hermanas y la Doncella Carolina, y muchas más en este Imperio, que son todas así, como la Reina de Saba, que sabido es que era Negra y Reina, que era bien como fuesen todos nuestros abuelos y abuelas de todos, antes que la costumbre de no ver del sol sino muy poco, y muy al norte, deslavare las pieles de algunos. Y todas esas lindas y bien mulatas siervatillas y también la que Reina llegaría a ser, mirando risueñas y soñando que era el doncel Brennand ese, no el Rey Salomón, que era también negro igual que Abraham y Jesucristo, como todo el mundo sabe, sino una especie de príncipe de los hielos. Y relatábale esta historia la Reina al admirado Sarnoso, todo embriagado por el aroma de las orquídeas y por tanto aire y suave luz que el palacio de la Reina inundaban.

Contábale también la Reina al Sarnoso otras historias, bellas como ninguna, como el relato que viene. Ilustraba este relato la Reina, trayendo un precioso cofre, repujado de joyas, en cuyo interior sólo una esquela había, escrita con una letra tan hermosa que sólo una doncella, bella como sus suaves y dulces trazos, pudiese haberla escrito, de las que escribir habían aprendido, que en este Imperio eran muchas o casi todas. Y había escrito esta esquela una sobrina de la Reina que al punto imaginó El Sarnoso que era su amada Carolina, que bien pudiese ser, porque letrada es esta Carolina y tanto que, Licenciada ella, dejaría con la boca abierta de su sabiduría a todos los Doctores en Derecho de la Universidad de Salamanca, que bien sabido es que más que Derecho saben de Teología y que muchos de ellos trabajasen y alabasen a la Inquisición y al Usurpador Decrépito, que España también lo tuvo y antes que los otros que en esta historia se han visto.

Y la esquela de la doncella, que no lo era de ella, sino transcrita de otra, del padre de unas de las mejores amigas de la Reina, cuándo doncellas ellas y el papá de su amiga, siendo compañeros todos en la Liga de los Comunes, en Pernambuco, que siendo por ello preso el padre en alguna usurpación pasada, le escribe esta carta que transcribe la doncella, a su mujer y madre de la doncella, con ocasión de cumplir la madre 90 años. Y tan hermosa la carta es y tan bellos los sentimientos y tan valiente, que cualquiera que la leyese, como no fuera un carcelero o un usurpador o inquisidor, se enterneciera.

El pobre caballero Sarnoso, todo trastornado por la carta y tantas emociones juntas, lloraba a moco tendido y sin poderlos limpiar, porque en sus desarreglados atuendos y arreos, todos tirillentos y a estas alturas, luego de meses sin sacarlos ni lavarlos, corriendo aventuras por el Brasil, más que bien mugrientos y malolientes estaban, no encontrase para enjugarse el llanto ni siquiera el trapo sucio de la Del Toboso, que siempre portase el precavido Don Quijote, que de La Gitana el de los mocos no llevaba ni eso. Pero todos estos desatinos del Sarnoso parecían no importar a Reina, ni a Emperatriz, que más bien los tenían ellas como asuntos de su diversión, ver como tan a mal traer sus gracias de ellas podían poner, a tan enjuto y engallado vejete. Al que sí le pareció bien raro lo del mar de lágrimas en la apergaminada cara del Sarnoso, fue al Príncipe João Guilherme hijo del Rey João Manuel, que justo en esos momentos llegaba, sin del Sarnoso conocer mucho y casi nada, o más bien nada, y que lo único que venía buscando era el almuerzo, que es sabido que los jóvenes bien poco se ocupan de asuntos de caballería y hasta cierta edad y si mucho del almuerzo, que luego de nada más conversan y poco comen. Pero bien saben los Príncipes que las extravagancias de sus Reales madres o padres y sus tías Emperatrices, son muchas y por lo tanto, ni mucho fue lo que su atención llamase la triste escena del Sarnoso, llorando como Magdalena, que bien pronto pasó a servirse el joven alguna de las nueces de Cayú y otras delicias que disponibles ya estaban, aunque para el inicio del banquete todavía mucho faltase.

Porque ni el genial Doreé grabase, ni siquiera con el de la Triste Figura y de cabezas en la Peña Pobre, escena tan ridícula y divertida como aquella del Sarnoso, sentado en un taburete, que bien corto de patas era, para tan largas las del caballero, que subían sus rodillas flacas bien arriba de su pecho y el brazo, que la lanza no aflojaba, que la otra mano en una rodilla colgaba y la espalda bien derecha, que tablón parecía y la cabeza con el blanco yelmo calzada y de blancas barbas y mechas blancas enmarcada, medio ladeada tenía y los ojos tan grandes como platos y los labios amurrados y la boca medio abierta y bien redonda y así estaba el triste Sarnoso, que las lágrimas le corrían que mares parecían. Y una a cada una de su lado, Emperatriz y Reina divertidas, leían para él la esquela de la doncella y muchas fiestas le hacían, bien entretenidas ellas dos, con los extravíos del de Chile venido. Y más de admirarse y llorar resultaba escuchar este relato y ese otro, de aquella otra escena antigua de la siervatilla, cuando los relataba con voz suave la hoy Reina Liana, coronada con su grande y hermosa mata ensortijada de cabellos, que son ahora más blancos que la piel, que es bien colorada y las barbas que sí son blancas, del viejo Brennand.

En su palacio de ella, que está hecho de aires, de luz y de orquídeas, allí enseñoreada la Soberana, junto a su amiga, la Emperatriz, sobre sus esclavas, el Rey Don Joao Manuel y sus caballeros de la Távola Cuadrada y el Brasil entero. Bellas damas, ambas ellas, como ninguna, risueñas y pícaras, tiernas, comedidas, hacendosas, delicadas, pero más que nada habilosas, discretas y sabias, que se imaginaba al verlas el admirado Sarnoso, que nunca las vería a Soberanas así, jamás, en lo mucho o poco que le quedase de vida.

Pasados a la mesa y al banquete y arribado el Rey Joao Manuel, comieran tanto y tantas delicias que se trenzara el Rey con El Sarnoso en justa del comer, que siendo bien bueno para ello el de la Sarna, como todo el mundo sabe, poco y casi nada pudiese hacer frente a la pantagruélica capacidad comedora de este Rey, que terminara derrotado el de Chile y el de Campilot embutiéndole a la fuerza unos postres de chocolate, cuando El Sarnoso de lo poco que todavía le cabía, le tenía echado el ojo a unas frutas deliciosas, que la Reina Liana había ordenado a su esclava preparar en una grande y apetitosa fuente y de las cuales se quedó el atragantado con las ganas de saber a que sabían.

Se admiraba El Sarnoso, sin embargo, de lo bien que alimentan estos Reyes y la Emperatriz a su pueblo, que eso se notaba, sobre todo en las playas por donde corriera El Sarnoso sus correrías, que viera el flaco viniente de pueblo bien flaco, que acá incluso niñas y niños, donceles y especialmente doncellas, se vieran bien entrados en carnes, sobre todo de algunos lados, que es por todo el mundo corrida esta fama de este pueblo. Admiraba asimismo al Sarnoso la prudencia y elegancia de su Emperatriz, que sabía combinar como ninguna, ese arte único de las soberanas, de inspirar a todos sus poetas loas y más loas a la finura delicada de su talle, pero al mismo tiempo contentar y con creces, a sus Ministros de Hacienda, que sabido es que los soberanos y soberanas exigen de sus súbditos tributos que igualen en oro o en joyas su propio peso, de los que ejercen la soberanía.

Pero este Rey Joao Manuel en eso de la previsión en la cobranza de tributos se excediera y que ningún poeta le cantase, porque al verlo tan blanco y grande y gordo al Rey, recordaba al Sarnoso al afamado toro Marfil, propiedad de su tío Don Bernardo de la Sarna y que en una ocasión al siervo curco Pedro Juan, en vilo, de una sola cornada, el toro por los aires lanzase y por sobre un muro, igual que a Sancho Panza los de la venta donde velase sus armas Don Quijote y donde la cuenta no pagase, que mil kilos se decía pesaba el toro Marfil ese y blanco era, que tal nombre le pusieran. Y que todo esto del Rey y el Toro lo andaba diciendo por todos lados El Sarnoso, porque medio picado con esa derrota con el Rey, en el combate del budín de chocolate, quedara el de Chile, que cuidado el de la Sarna de su embajada siempre estuviera, preocupado hasta de estos pequeños lances, todo el tiempo, para el buen nombre de su pueblo y de su tierra, en toda situación, siempre digno mantener.

La Escribana Sofía

¡Ay de mi! mis venerados lectores ¡Ay de mi! Toda la vuestra complacencia infinita, toda la vuestra generosa compasión, no serán suficientes para salvar a este pobre escribiente, moro, que arrastra su pestilencia, junto a su pobreza, por las más miserables ventas, refugio y albergue de galeotes huidos, piratas, ladrones y criminales, por todos los países del mundo, agriando su hinchado hígado con su creciente, si fuera ello posible, afición al mal vino, condenado de por vida y preso de una convulsión terrible, de escribir las aventuras de los Ingeniosos Hidalgos del 68, siguiendo las andanzas de ese estrafalario y loco portaestandartes de tan desguañangada tropa, que es el bien apodado Sarnoso.

Este pobre escribiente ha recién transgredido, sin retorno, la primera ley de la escribanía, que no es otra que nunca jamás hablar el escribano del propio escribano, o de lo que pasa al escribano, a sus parientes o amigos o conocidos o a sus animales o a sus pájaros, si los tuviese. Que por tonto y bobo y peor que eso, por aburrido, tuviesen sus lectores a tal escribano que violase, como este pobre moro ha violado, esta sabia ley de la escribanía. Porque tal Señora, la más arriba nombrada Escribana Sofía, no es de cuentos, sino tan real como el reumatismo, que a toda hora, en el dolor mortificándolos, purifica los huesos de este miserable.

Habiendo nombrado este escribano ¡Ay de mi! a la Escribana Sofía, no tiene más remedio este traidor ¡Ay de mi! al oficio, que arte en las letras tienen sólo los poetas, de escribano, no le cabe otro recurso que informar a sus lectores acerca de la nombrada. Que peor aún que violar una ley es violar dos, y sabido es, que si la primera ley del oficio es la de no hablar el escribano de sí mismo y de nada que sea sólo de su incumbencia, la segunda ley no es otra que jamás dejar al lector con un cabo suelto. Que eso es también de escribanos lesos, o de falsificadores, de los cuales el oficio está lleno y lo atestiguan las mil forjas e imitaciones de las propias aventuras del Sarnoso prohijadas, por la fama de los originales, tales como El Sarnoso de Avellaneda y otras aún peores; o de locos y bien está que locos sean sus personajes, pero jamás el escribano, si como miembro del oficio se reputase y la marca de tal hubiese de merecer.

Es esta Escribana Sofía una dama de inteligencia tan brillante, como no vieran las letras jamás, ni en personaje alguno, excepción quizás hecha de Carmen La Gitana, de quién se dice que, aparte de las mañas terribles, que de por sí le vienen de su cíngaro ser natural, posee una mente tan despierta, que no hay maldad que no se le ocurra en número de diez, mucho antes que al resto de los mortales siquiera vayan a medio camino, de atinar a una sóla, de las razones buenas.

Sofía La Escribana, lee, más bien devora, desde niña tierna, libros, periódicos, cartas, esquelas, pergaminos, jeroglíficos en piedra y cualquier otro documento, tan ligero, que sus ojos, que parecen centellas y sus nervios de la mente, descanso encuentran en su trabajo, mientras sus rápidos dedos no atinan a ir más veloces en su oficio de dar vueltas las páginas de los escritos. Tanto que se dice que lo ha leído todo.

En parte está obligada la hábil trabajadora, a leer cosas de las cuales sabe su Emperatriz que requiere algo conocer, para tener tema de conversación con sus caballeros. Son de este caso los libros de caballería, que sabido es que a las damas importan poco, como no sea que les son indispensable para dar largas a la conversa con sus caballeros. Por costumbre tienen ellas de estas obras y escritos, leer sólo las solapas de los libros, donde los autores avisados ponen tres o cuatro asuntos, además de algún detalle, que de leerlas se puede afirmar de que se trata lo escrito, dando la idea de su lectura haber completado y con estudio varias veces repasada. Es en este truco maestra conocida La Gitana. Pero esta Escribana Sofía no sólo lee las obras completas, sino que las comprende y menos demora en ello que otra cualquiera en leer una solapa. Se dice que entre las Damas de fama sólo hace lo mismo la Reina de América, lo que se tiene por cierto, aunque no en eso de la rapidez, porque es sabido que la Soberana del continente se toma su tiempo para estas cosas.

Y como del oficio de leer viene el de escribir, ha escrito esta Escribana Sofía innumerables cartas y proclamas y aún libros y novelas, no propiamente de caballería, pero si de temas muy cercanos y que, se pudiese decir, son lo mismo. Se comenta que la Emperatriz ha arreglado, en su palacio de San Pablo, para su Escribanía, una luminosa azotea, en la cual Sofía escribe sin pausa, en un mágico atril del cual salen las letras de su pluma raudas disparadas por el éter, llegando a los ojos de sus destinatarios al instante, en forma de hojas transparentes que cuelgan en el aire, con figuras, daguerrotipos y aún voces y sonidos, aunque sin aromas todavía, pero se dice que nuevas artesanías de este tipo los llevarán también. Pero tales maravillas difícil es que puedan ser de cierto.

Al mismo tiempo es tan diligente y generosa esta Escribana, que mientras lee y escribe, organiza con las esclavas de la Emperatriz y sus caballeros, cuanto torneo se realiza en el Imperio, recibe a cuanto invitado por allí aparece y atiende a cuanto pobre o afligido es menester. Y todo lo hace con gran maestría, cuidando cada detalle, cada flor, cada ingrediente, con una finura delicada, a la vez que organiza con tal soltura multitudinarios regimientos, que bien pudiese ser nombrada Generala, con ventajas para los de las charreteras y medallas. Famosa es, por ejemplo, la ocasión en que estando la Escribana lejos, por el Imperio del Norte, supo desde allá armar el matrimonio y comprar las blancas galas de una su sobrina, con tal diligencia y discreción, que se maravillaban los miles de invitados de la magnificencia de esa fiesta y la elegancia del traje de la novia cuyas bodas celebraron, sin percatarse apenas nadie y ni siquiera la abuela de todos, que la muy pícara de albas y el feliz y puntiagudo novio llevaban con ellos oculta una cría, de varios meses concebida.

Tiene la Escribana, como sus cariños mayores, a sus hermanos, nobles como ella y discretos como el que más, todos menos uno, que es un poco amurrado, pero igual noble y generoso, al mismo tiempo que son ellos los más sabios médicos del Imperio. Terribles dolores de por toda la vida acarrear y sustos grandes y desvelos han pasado los hermanos de la Escribana y ella misma con ellos, en razón de los accidentes de sus sobrinos de ella, que a uno ha costado la vida y al otro varios tajos en la cara y huracos en la mollera. Pero todos estos sufrimientos incontables, no han hecho sino agrandar el corazón de estos hermanos y de esta hermana, ya de por sí tan inmensos, generosos y cuidados de todos, como no hay ninguno, que todos se admiran sin cuento y los quieran los suyos y sus amigos, como a la niña de sus ojos.

Aprecie el amable lector, leyendo las cartas de la Escribidora y que más abajo se le regalan, y juzgue la falta terrible de este escribano moro, de hablarles así de esta Sofía, la que poco importa a las historias de caballería y sólo pertenece al pobre oficio de escribanos, que de por sí a nadie interesa y menos a esta historia. Si en su generoso perdón y misericordia el lector todavía no encontrase razón o motivo para justificar tan tremenda falta, tenga por sabido y como último recurso de este moro en su favor. antes de recibir sentencia, que la Escribana es además Fenicia, de las tierras del Emir Sada y Catalina La Molestosa, que en otras partes del escrito sabrá el ubicuo lector encontrar.

Si sabiendo todo esto, sigue el pulgar del soberano lector enfilado a las entrañas de la tierra, donde se encuentran los mismos infiernos, tenga por muerto a este moro, que moros mueren todos los días y más por los tiempos que corren y que nadie se acuerda de ellos.

Pero morir habrá este miserable con alegría en su corazón, del regalo infinito recibido, de conocer tan gentil y discreta mujer y compartir con ella, aunque fuera por un momento, el humilde pero necesario y entretenido oficio de estas historias de locos relatar…

 

 

 

(terminan acá estos pliegos, estando el resto muy manchado con grasa de salgados que no se puede leer, pero es poco más, aparte de las cartas que atrevidamente se incluyen y de las cuales hay algunas más que no parecen de interés general, pero que están a disposición de la Embajada, por si fuera menester)

 

 

 

Carta de la Escribana Sofía en que describe los menjunjes, manjares, frutos y vinos que probase El Sarnoso en sus Aventuras por el Brasil en compaña de la Emperatriz  

Muy estimado y noble Bey,  

Me autorizó y me ordenó mi altiva soberana, la Empertariz de todos los Brasis, a contestar imediatamente al que Ud há solicitado, por entender ella que el labor que tan excelentemente realiza Ud és de interés prioritário del Imperio, estando todos nosotros, vasallos, siervos y esclavos, obligados a atenderlo en todas suas necesidades, reales o imaginarias, obligación que además cumplimos con imenso plazer!

Sabe muy bien Ud, noble Bey de los Libanios, la nulidad de mi memoria, reduzida hoy a una estrechisima margen siempre referida al dia de ayer. Entretanto, por esfuerzo y, creo yo, por bendición divina, estoy segura de haber recordado de todos los nombres que solicita Ud, los cuáles registro en lo que sigue según el órden del requerimiento. Siendo esto todo lo que mi pobre memoria registra, aseguro a tan nobel Bey que seguiré con el esfuerzo de nuevos recuerdos, que le serán comunicados tan pronto lleguen hacia mí.

Permitame, en mi propio nombre, presentarle mis efusivos cumplimientos por su cumpleaños, que de ellos supe yo por indiscreción de gente de la corte imperial. Quisiera yo ser liberta e independiente el suficiente para poder además besarlo por fecha tan importante! Como no és el caso, permitome apenas soñar con ese imposible cariño.  

Su dedicada sierva y amiga Sofia,

Escribana Primera de la Emperatriz de ayer y de mañana

 

Menú del Banquete en el Palacio San Pablo de la Emperatriz del Brasil, en honor a Don Manuel El Sarnoso

Aperitivos

plato de quesos enormes (parmeson uruguayo; parmesón cremoso olandés; ementhal suizo) plato de azeitunas negras griegas acompañadas de uvas italianas blancas plato de azeitunas verdes italianas mescla de pistaches, uvas secas, castanha de caju, almendras panes de diferentes tipos y colores minusculos sandwiches calientes, servidos por las esclavas, de: queso con cerezas rojas tomates secos con queso de cabra

Entrada

cuscus de camarones con salsa de camarones * cuscus de pollo ensalada de lechugas

Plato principal

moqueca de pescado con camarones ** arroz blanco pirão de harina de manioca, hecho en la salsa de pescado, con pimientos, cebolla. perejil y otros aliños

Postres

pudin de leite (flan) manjar de coco con salsa de ciruellas (flan de coco) quindão (flan de huevos con coco rallado)

Bebidas

champagne Vieuve Clicquot Whisky Vino Blanco Pouilly Fumé (Domaine Santa Marie) Vinos tintos Don Melchior 97(Concha y Toro), Bordeaux D'Estournel 98 (Prats Fréres - Francia), Viña Enterizo 98 (Coviñas, Es)

* cuscus: plato afro brasileiro, hecho de harina de maiz, harina de manioca, saalsa de tomates, pimientos verdes y rojos, cebolla, arvejas y camarones (o pechuga de pollo)

** moqueca: guisado de pescado con pimientos verdes y rojos, cebolla, perejil, leche de coco y azeite de dendê

Produtos Especiales del Imperio Enseñados al Sarnoso por la Emperatriz y que muchos de estos para ellos dejaren las Hermanas de la Reina de Pernambuco en el Palacio de la Playa, de Ellas

Frutas jaboticaba (frutas de cáscara negra) caju (fruta tropical, que tiene una castaña por fuera, castaña muy apreciada, cuando asada, como apetizer) manga (diferentes tipos, las mejores siendo las de Pernambuco) acerola (jugo de... fruta ácida, muy vitaminosa) açaí (jugo de... fruta marron cafe, muy energetica) mexirica o tangerinas (mandarines de diferentes tipos) fruta-do-conde (fruta externamente semejante a la chirimoia)

Legumbre y Verduras tipos de lechugas: frisés, lisas, americana (redonda), morada pimiento dedo-de-moça (pimiento fuerte, rojo, larguito como uña de donzela, para aliñar)

Salgados variados (llamamos salgados - "salados" - a cualquier tipo de pequeños y medianos tipos de comida, que se puede comer por unidad, solos. Lo más parecido, entre chilenos, és la empanada) pastel de palmito (pastel - especie de empanada frita) pastel de carne pastel de queso acarajé (hecho de una masa de frijoles tipo fradinho, frito em azeite de dendê e relleno de salsa de cebolla rallada y camarones secos, muy picante) croquete de carne ( pequeno rollito hecho de carne, pasado en harina y frito)

Menú del Banquete en el Palacio Guará-Campinas de la Reina de Pernambuco

Entrada Cuscus (*) de camarones con salsa de camarones ensalada de lechugas

Platos principales pulpo en salsa de tomates calamares en salsa de tomates arroz blanco

Postres ensalada de frutas helados de chocolate y crema

Bebidas vino blanco

   

  Carta de la Escribana Sofía, en que describe las iras de la Emperatriz por nombrar tanto el escribano a la Duquesa y la Doncella y no tanto a ella, en el relato de las aventuras del Sarnoso

Señor Ahmed,

En esta pequeña escritura, debo apenas darle noticias que me imagino de su interés, aún que infimo.

Sobre los fantásticos pliegos recebidos, mi Emperatriz y esta su sierva dedicada quedaronse leiendolos toda la noche, encontrandose ambas en esta mañana ensolarada muy feas, un poco enverdecidas por falta de dormir, y con reacciones no tadavia bien definidas.

Eso porque a mi Señora, como sempre le gustó mucho lo leído, que la hace reirse harto, pero no sé yo muy ben por qué, desconfio que quizás por algun exceso del noble arabe, se puso ella a medir con un metro unas partes de las escrituras, comparandolas unas con otras, y registrando los numeros en papel separado, para dedicarse ahora a aplicarles tratamiento estadístico y mismo econométrico, al gusto de la academia del imperio norteño, además de una raizes cuadradas, Q quadrado y otros cuadrados, invenciones árabes, como sabe Ud, todo eso por que muchas líneas y páginas - desproporcioales, además con las dedicadas a gentes muy más bellas - fueron dedicadas por el noble Bey a una cierta y falsa duquesa, rubia y ….(esta parte de la carta está salpicada con un maloliente trozo de salgado) sabidamente, además de a una donzella, que el noble Bey se olvidó de decir que usa anteojos por los ojos…(esta parte de la carta también está salpicada) que tiene y al que parece a otras impropias personas.

Todo eso lo hace mi Emperatriz en surto de furia tan bien conocido de su sierva, que nada más hace sino calmarla ... Ay de Mí!!! Emperatrizes son zelosas por definición, me há enseñado un viejo profesor del harén, y quizás no se encuentren preparadas para caballeros que se cayan a cada rato perdidos de amor por imerecidas personas que no la unica que se lo merece totalmente y así se lo exige!!! Para eso Emperatrizes son.

Y por todo eso, la Emperatriz me ordena enviarle la fot de un Rey tonto, mirando tontamente a una donzella, para que el noble árabe se lo diga al qué no se nombra jamás que así se queda elle, tonto y baboso, cuádo mira doncellas (esta parte de la carta también está salpicada) y duquezas falsas!!

Otra cosa és que, sea por lo antes dicho, sea por que hoy és día de importantes torneos que mi Emperatriz presidirá en San Pablo, hastas tarde de la noche, dedicado al estudio de las sinverguenzas elites brasileñas frente a unos temas de la democracia - forma de gobierno que como sabe Ud no és la del buen gobierno - entonces por eso, tan solamente mañana esta su dedicada sierva podrá enviarle sus contribuciones a sus fantásticos pliegos, contribuciones esas por todos sabidas por lo desimportante y desnecesária que son.

La ultima cosa, estimado Bey, és fruto de mi absoluto atrevimiento, que le ruego por favor me perdone siempre, y és tan solamente para recordar a Ud que por favor…… (gran mancha de salgados) en reynos donde emperan Emperatrizes desequilibradas, intemperadas, enloquecidas, como há sido Doña Maria I, que imperando por primera vez en este Imperio, nos há legado la tradición Maria Loca para siempre!!!

Bueno, al torneo se dirige ahora la corte.
 
Su sierva, siempre besando sus manos y piés, blancos e elegantes,  de dedos especialmente largos
 
Sofia, la escribana,

 

Daguerrotipo de época, que muestra al anciano Rey Fernando Henrique I embobado con una Doncella


 

Carta de la Escribana Sofía, en que Recomienda Eliminar la Asociación del Rey Joao Manuel con el Toro Marfil y Ofrece Otras Sabios Consejos

   Señor Ahmed, muy querido Bey de Libano,

 

Mi Señora, la Emperatriz de Brasil, además de leerse ella misma, me ordenó que yo a ella la leera, en alta voz, estas escrituras que con que Ud le há agraciado, narrando la visita de caballero de la Sarna a nuestro Imperio, invitado por nuestra primera y altiva dama, y que mucho há honrado nuestro pueblo, además de los Caballeros de la Távola Cuadrada, que tanto lo querrían conocer. Juntas, creo que leemos unas veinte vezes vuestro relato, y más no lo hicimos por cansancio de los ojos, pero lo haremos, tanto nos há gustado, y más, tanto há acalentado nuestros corazones, de ternura y alegria.

Me ordenó mi Señora que, hoy, hiciera yo una lectura de esa que los modernos llaman critica, para introduccir correciones, precisiones, complementos o, permitame Ud el atrevimiento, hasta mismo algun comentario sobre el equilibrio de las partes, sobre la adecuación de las formas, sobre el equilibrio de la construcción y lo demás. Así lo hice y le confeso, noble caballero, que cuánto más leyo, menos encuentro de qué corrigir, completar, precisar.

De comentar, eso sí, pero sería una repetición del comienzo al final, además de parecer una tonta abobada, se en cada parte yo le dijera lo maravilloso que encuentro todo, la belleza de la construcción, las lindas y tiernas imágines, los encajes entre embates de aqui y de allá, la delicadeza de las descriciones de las gentes, captadas con tanta finura y perspicácia ... bueno aqui yá me tiene Ud tonta o apalermada, como se dice en brasileiro.

Creo recordarme, aún que sin certeza, pués quizás sea eso tan solamente un producto de mi imaginación, haberle yo hecho referencia a desafueros de doncelas y duquezas, eso por refletir lo que sabe Ud, los selvages zelos imperiales, de que suele ser tomada mi señora siempre que entra en estos infernales transes. Hoy debo decirle, para sua tranquilidad, que al releer sus escrituras, me apazigué yo misma mi corazón, por qué, en verdad, así son los caballeros andantes, de solitários que son se derreten de amores a cada rato, pasando de una a otra doncela, o a otras no tan doncelas.

Por amados que fueran por sus Dulcineas, no serían menos enamoradizos los cabaleros de esta estirpe, porque de esos amores son hechos, además.   Se me há apaziguado el corazón también por qué muy feliz se há quedado mi Emperatriz por sus afetivas notaciones respecto a deliciosos y suculentos manjares que teria ella ofrecido al caballero andante, cuando de su tan afamada visita a nuestro Imperio. A ella también se le ocurren, como yá le hé relatado, unas fugazes imágines con igual contenido, y aún que las sepa imposibles, és cierto que de pensarlas y imaginarlas, su alma se calienta de ternura y nostalgia, que tan bueno habrían de ser estes repastos de ángeles, si hubieran ocurridos.

De todo modo, todo el Imperio, que hoy vive otra vez de esperanzas, se há alegrado mucho con esta victória más, el hecho de aquel delgado y elegante caballero haber se divertido en nuestras tierras, que era lo más que querríamos todos, más nuestra Emperatriz, que por eso tanto há insistido en que viniera y seguirá invitandolo por su vida afuera.

Perdoname, Señor, pero debo detenerme un rato. No sé por qué coincidencia, siempre que trato de escribirle algo sobre eso, me traicionan mis ojos con una alergia que me ataca desde niña, llenandose de água e impedindome de ver cualquer cosa más a frente.

Por suerte, se me pasa pronto, y le agradesco por esperarme este minuto, para que pueda yo seguir con estes insignificantes comentarios. Vuelvo a su narrativa, noble y amado Bey, para con un atrevenimiento que no me sabia capaz, hacerle una pequeña sugestión, además sin importancia.

Pienso yo, en mi conocida ignorancia, que podría Ud considerar alargar un poquito que fuera el paseo del Sarnoso por Rio de Janeiro, que se quedó achicadito. Hagálo crecer un poco! Y hay del que hablar:

- un poco más del paseo por la floresta da Tijuca

- su paseo trotado por la playa - me encanta el imagen del Sarnoso tragandose unos enormes camarones, con sus dedos largos llenos de aceite y ajo

- una mañana de café por el Leblon, imaginandose estar en Manhatan

Quizás una referencia a la ultima cena, japonesa además, en São Paulo, a que há sido invitado, por Dom Pedro etc, podría también se acrescentar, por alegre que há sido, como se puede atestiguar con fotografias! Dos sugestiones más, si me permite Ud, que las hago por estar segura que muy rapidamente sus escrituras será conocidas en el Imperio, quizás por las mismas importantes personas alli referidas:  

- la primera, és que sustitua la asociación del Rey Don João Manuel con el Toro Marfil por qué creo yo, a este rey no le gusta la propia gorda figura No por eso, habrá Ud que decapitar el Toro, quizás apenas lo cambie de lugar!

- la segunda, menos personalizada, és la de eventualmente cambiar la referencia a Sarney (pag 21) como "... del últimos de los regentes de la usurpación". És verdad que la elección de Tancredo Neves há sido indirecta, y Sarney lo ha sustituído, Pero se lo considera el primer gobierno civil, luego de la dictadura.

Un complemento, si quisiera Ud un dia alargar las historias de mis desastrados amigos cuadrados: - El Rey Quércia (pag 16) é un terrível político do PMDB, cacique, corrupto, foi governador do Estado de S Paulo, en un período de mucho investimiento, como comentamos, pero há dejado el estado en estado falimentar total!. (assim dizem os tucanos) Belluzzo há sido su secretário de Ciência e Tecnologia, Freddy, secretário de Planejamento. (hay acá otra mancha de salgados)

Querido y amigo Señor Ahmed, permitame así dirigirme a Ud! No sé como decirle, por emocionada que me quedo, el cuánto me deleito y me alegro, cuánto me hace bien compartir con Ud de esta deliciosa aventura que és su delicado labor narrativo de tan bellas historias de cabalerias.

Verdad que por mi formación levantina, limitada a palacios, harenes, alcovas, raramente a bibliotecas, estuve yo muy contaminada por historias de mil y una noches, con mucha seducción, muchas moralejas y pocas batallas, casi siempre cobiertas con velos de seda y desarrolladas al sonido de cítaras, laúdes y tambores del deserto. Pero sí me encantan las historias de cabalerias, que me atraen, aún cuándo digo que no quiero más seguirlas, por cansativas, por vezes desesperanzadas. Quizás por qué por levantina que sea, arrastro comigo unas sangres de gentes pelirojas, que juntaron brujarias con espirito guerrero viking, según há inventado uno de mis abuelos, este sí adorador de historias de cabalerias!

Y me atryen ellas cuánto más narradas con la belleza, la ternura y la dedicación con qué Ud lo hace, noble Bey. No me cansaré jamás de decir a todos, en esta mí vida que se encorta a cada momento, que mil años casi cumplo, que recibir sus escritos és como tener el sol en mi casa! Que ninguna nuble jamás venga a encobrirlo.

Besao con osadia, y con mucha ternura, su sierva Sofia