Guardia Civil

Comunidad Autónoma de Andalucía

Municipio de Jaen

 

 

Parte Nº 98-142

 

Comunícase a los destinatarios del presente parte que las hojas que se acompañan fueron encontradas, junto a varias botellas de cerveza vacías, en esta ciudad de Jaen, en un banco de la plaza ubicada en el sector de los baños árabes, por la pareja de la Guardia que finalizaba su ronda en la madrugada del 27 de mayo de 1998.

Interrogados vecinos de los baños árabes, dijeron éstos haber visto el día 26 de Mayo a un moro viejo sentado en esa banca por muchas horas, escribiendo en unos pliegos sucios, mientras bebía cerveza sin medida, farfullaba frases incoherentes y eructaba ruidosamente de tanto en tanto.

Al caer la tarde el moro intentó ingresar a los baños árabes, donde los voluntarios a cargo de entretener a los turistas le informaron que, por lo avanzado de la hora, debería volver al día siguiente. Se retiró de vuelta a su banca luego de murmurar frases incomprensibles en un idioma extraño. Los voluntarios recuerdan que, aparte de un fuerte olor a cerveza, despedía una hediondez que atestiguaba acerca de la necesidad urgente de un verdadero baño. Opinan los referidos voluntarios que es posible que el moro no supiese que los baños árabes dejaron de funcionar como tales hace siglos y que son ahora solamente un museo.

La jefatura de esta Guardia –luego de leer el contenido de los pliegos y ante la posibilidad que los mismos pudiesen corresponder a nuevos capítulos de las aventuras de Don Manuel El Sarnoso, cuyos capítulos anteriores fueran publicados por entregas en el principal diario de la Comunidad Autónoma y seguidos en este cuartel con gran interés y contento–ordenó remitir los pliegos a los nombres y direcciones que se encontraron en una libreta junto con los pliegos.

El estado de los pliegos es el mismo en que se encuentran, con los borrones y manchas de grasa correspondientes.

Esta jefatura se exime de antemano de cualquier otra responsabilidad en relación al eventual proceso de certificación de la autenticidad de los pliegos en cuestión–materia acerca de la cual no se pronuncia, ni debe entenderse el hecho de remitirlos en modo alguno como aval de la autenticidad de los pliegos–no estando en condiciones de aportar ningún antecedente adicional a los ya expuestos.

Firma

Ramón Gonzalo López

Sargento primero de la Guardia Civil

Jaen

 

 

 

Capítulo CXXIII de las Aventuras de los Ingeniosos Hidalgos del 68

Donde se relata como Don Manuel, "El Sarnoso", recibió los títulos de Alcaide de Loja, señor de Xagra, primer mayordomo de la Alhambra y alguacil mayor del reino de Granada

 

Cómo El Sarnoso participó en los más notables torneos de las Europas

No se apagaban los ecos de las festividades con que Don Manuel, El Sarnoso, celebrara su cumpleaños número 50, de las cuales se cuenta en el Capítulo CXVIII de estos pliegos, cuando se hizo revuelo por la llegada de elegantes mensajeros venidos desde las lejanísimas Europas. Portaban invitaciones dirigidas a tan afamado caballero, requiriendo de su presencia en notables justas a celebrarse en la plaza de Bruxelas, la una y en la mismísima ciudad de París, la otra.

Encontraron aquellos mensajeros al El Sarnoso, a pesar de sus años, en ánimos de emprender nuevas correrías. Dícese que la causa de tales disposiciones se originaba en la tregua decretada en la alianza donde mantuviera al de la Sarna completamente absorbido, durante años, su dulce enemiga Adelaida de Rodenas, más conocida como Carmen La Gitana. Dícese que la mentada alianza fue dada en tregua luego que la que se conoce como La Gitana, incomodada por largas estadías en los pobreríos de El Sarnoso, le plantara sus reclamos con feroces griteríos, alharacas y denuestos contra el de la Sarna y todo su entorno. Enloquecido el discreto caballero, ya al punto de blandir el hierro, mandó en cambio ensillar un palafrén donde enrumbó a la Bella Fiera de regreso por sus pagos. Ordenó luego El Sarnoso levantar los puentes levadizos y redoblar la guardia, con encargos de mantener disposición de guerra, contra la Gitana, los de su Banda y cualquier embajada por ellos enviada, en sentencia de muerte si se tratare del traicionero Canobrino, a lo menos hasta la próxima primavera.

Así las cosas vino a caer El Sarnoso en las primeras justas de Bruxelas. Se presentó allí el de la Sarna enfundado en su destartalada armadura y blandiendo sus herrumbrosos fierros, provocando tan estrafalaria presencia la admiración de todos. No fue menor la sorpresa de El Sarnoso, sin embargo, quién no podía dar crédito a sus ojos cuando otros participantes de aquellas justas–en especial los de Valonia y la cercana Galia–entraban al combate blandiendo piernas de jamón y salchichones, a guisa de mazos y espadas. Dudaba ya El Sarnoso en retirarse de tales justas que más que de caballeros parecían de carniceros, cuando acercáransele valientes caballeros llegados allí de las Irlandas, Inglaterra, las tierras del norte de las Américas y aún desde el cabo de África. Reunidos en torno a la triste figura del El Sarnoso, conversaban de sus aventuras y otros asuntos de caballería, comentando discretamente de las curiosas leyes de estas justas. El torneo les pareció a todos a cada momento más interesante, sin embargo, a medida que se sucedían suntuosos ágapes y banquetes y especialmente, cuando les fuera entregado a cada uno una bolsa con monedas de oro que cubría exactamente los estipendios de sus viajes.

Durante el torneo de Bruxelas enfrentó el Sarnoso en singular combate a malvados acreedores suyos que en esa ciudad residían. Tuvo la compaña en este duelo de Don Marcel El Joven, caballero cuya corta talla no merma la fama que en el mundo entero tienen su singular osadía y generoso corazón, así como su afición a los manjares que prepara su bellísima esposa. De la mano de esta dama salieron unas papas rellenas y otros platos, los mejores que pudo comer El Sarnoso en Bruxelas Ello no es poco decir, puesto que así como la fama de otras ciudades proviene de la diligencia y el trabajo de sus villanos, los desastrados burgueses de Bruxelas son de por sí famosos más bien por lo que comen.

Terminadas aquellas extrañas justas de Bruxelas, las enfiló El Sarnoso hacia París, donde transcurría el más importante de los torneos con que todo el mundo celebraba los 150 años de la primera edición de la leyenda de los caballeros del Rey Arturo.

Fue recibido El Sarnoso en el castillo del sabio Labica de Nanterre, Gran Maestre del torneo de París. Fue atendido por su bellísima esposa, Madame Nadya de Argelia, ante cuya dulzura y discreción cayó el de la Sarna rendido por completo, dispuesto a defender para siempre sus colores en cualquier justa o combate. El sabio y la Dama de Argelia, sin mostrar molestia alguna por los numerosos arreos y desatinos de El Sarnoso, le brindaron la más cariñosa de las acogidas, ofreciéndole incluso la alcoba de sus propios hijos. Es conocido y respetado en todo el mundo el dolor atroz del sabio Labica y la bella Nadya por la pérdida de uno de sus hijos, quién hace unos años sucumbiera víctima de las terribles heridas y magulladuras que le ocasionara en combate un feroz dragón.

Asistían al torneo de París todos los más notables sabios, magos y caballeros que en el mundo alguna vez fueran mencionados en los libros de caballería y que a la sazón no se encontrasen malferidos o presos en las mazmorras de algún gigante o presas de algún encantamiento. Dio por inauguradas las justas nada menos que el mismísimo Merlín de Hobsbawm, con discretísimo discurso que a todos dejó maravillados. Entre los muchos de la leyenda que asistían se contaba Samir, El Amin del Egipto, Robin de Inglaterra, Theotonio del Brasil y muchísimos más.

Cierto es que varios de los asistentes denotaban en sus figuras los combates, no siempre victoriosos, en que habían participado a lo largo de muchos años. El pueblo de París, por otra parte, no se vació por entero en el torneo, puesto que estaba entusiasmado a la sazón en otro torneo, este de juego de pelota, organizado en forma paralela por los enemigos de la caballería, para distraerlos y evitar que asistiesen a éste.

Celebrose el torneo en la Biblioteca de París, novísimo monumento construido por el Rey Miterrand de Francia, monarca recién muerto, famoso por su afición a las escuchas de cuanto conversaran los súbditos del Reino. En la construcción de la Biblioteca se insumieron más de tres bosques completos de la Tepa del Africa, otro de los cuales trajeron y plantaron en el centro mismo del palacio, para asegurarse madera para las reparaciones. Los salones del palacio eran tan elegantes y mullidos sus sillones que el cansancio de tantas batallas se venía de manifiesto más de una vez en los ronquidos con que El Sarnoso y varios otros caballeros presentes celebraban algunos combates menores del torneo.

Participó en estas justas El Sarnoso portando los colores–además de los libros y otros muchísimos cargamentos–de Marta, la Reina de América. Maravillase todo París de la presencia de esta Soberana y su luto riguroso, guardado en viudez de quién fuera su consorte, el Rey Barbarroja de Cuba. En su compañía, El Sarnoso asistió a los lances más importantes del torneo, así como a los banquetes y comilonas de todo tipo con las que se agasajaron los caballeros y sabios participantes. Con todos ellos departía amistosamente El Sarnoso cometiendo de cuando en cuando algún desatino pero discretamente en lo de más. En más de una ocasión la Reina de América solicitó al de la Sarna hacer gala de la fuerza de su brazo, no ya solamente para portar sus cargamentos, sino para entablar singular combate con alguno de los caballeros presentes. La mayor parte de las veces llevó de esos duelos el de la Sarna la peor parte, lo que no era impedimento para que pronto, a un nuevo llamado de su Reina, entablara nuevamente el Sarnoso combate en defensa del Santo Grial. Maravilláronse todos como tanto empeño pudiese venir de tan desaliñado caballero venido de tan lejano reino.

Aparte del de la Sarna y su Reina, llegaron al torneo desde las provincias de Chile dos jóvenes pajes. Su pobreza y los sacrificios sufridos para participar en tan magno evento quedaban de manifiesto no sólo en sus vestimentas, sino principalmente en el hambre con que devoraban las ideas y especialmente, cuanto manjar gratuito les fuera ofrecido en el evento. Participaron además en los combates, caballeros venidos años ha desde las mismas provincias y avecindados en la Francia, como Massardete, héroe del combate de la Peniche del Sena y el sabio Fernández, apodado Osvaldo, El Pequeño.

Al término del torneo, el sabio Labica obsequió a El Sarnoso diez volúmenes con historias de caballería, escritas especialmente para este torneo. Incluso solicitó al mismísimo Sarnoso una corta leyenda para incluir en otros volúmenes adicionales que serán enviados posteriormente a todos los confines del planeta.

La conclusión de todos los presentes es que, 150 años después de su primera edición, la Leyenda de los Caballeros del Rey Arturo mantienen todo su encanto, aunque el vulgo de ello no se de todavía completamente por enterado.

Del Encantamiento del Sarnoso en el Reino de Austria

Sabido que Don Manuel, El Sarnoso se encontraba en las Europas, llegó desde el lejano Reino de Austria una doncella, portando un mensaje secreto de una Princesa dirigido al de la Sarna. Era esta princesa la misma que, años atrás, siendo una doncella, había acompañado al Sarnoso como fiel escudero, en otras secretas y peligrosas correrías por las Europas. Eran los tiempos que las provincias de Chile eran tiranizadas por el malvado Usurpador. Para hacer de compañas a El Sarnoso en aquellas aventuras, habíase la doncella entonces disfrazado de paje. Descubierto a poco el engaño, sin embargo, a El Sarnoso no pareció importarle mucho que su escudero fuese una doncella. Ello no deja de extrañar, puesto que de ello no se conocen otros casos en las novelas de caballería, de las cuales el de la Sarna siempre afirma ser el más puntilloso seguidor. Respondiendo de inmediato el dulce llamado venido desde tan remotas provincias, montó El Sarnoso en un caballo alado y emprendió las de Austria.

Fue recibido allí por una bellísima princesa, a quién no dejó de observar durante todo el tiempo que permaneció por aquellas lejanas tierras, hasta el punto que parecía del todo embobado. Poco vio así de los hermosos paisajes que tanta fama dan a aquel reino de Styria, en cuyas montañas se detuvo el avance de los Turcos y muchos otros invasores que allí llegaban desde la trashumancia. Cierto es que poco más podía hacer El Sarnoso que observar, puesto que la bella princesa estaba a la sazón desposada con un apuesto caballero, músico principal de aquel reino y criaba además de él a un niño pequeño. Alguna experiencia había adquirido ya El Sarnoso en observar aquel rostro, por entonces redondeado, en sus anteriores correrías, puesto que por entonces el cumplimiento del deber y los peligros a poco más daban lugar que a mirar. Maravillase más por ello ahora el de la Sarna, de cómo el paso de los años, con sus labores, alegrías y sufrires, muy por el contrario de lo que piensan las doncellas, lejos de menguar su belleza, la esculpen de manera mucho más precisa, haciéndola muy superior en su plenitud.

Cuando volvió a montar El Sarnoso su caballo alado para continuar sus correrías, al despedirse creyó ver muy al fondo de los castísimos ojos de la bella princesa de las Austrias, un brevísimo destello que bastó para inflamar su corazón. A tiempo del destello, la princesa sacó de su cuello una delgada cadena de la cual colgaba un disco de cobre, de aspecto bastante ordinario y lleno de garabatos incomprensibles y lo colgó al cuello del Sarnoso, pronunciando al mismo tiempo unas palabras mágicas. Sin comprender El Sarnoso la magnitud del encantamiento a que estaba siendo sometido, quedó convencido que lo que le habían puesto al cuello era nada menos que el famoso collar de oro y rubíes de Morayma, de quién se hablará más adelante en este relato.

De como al intentar socorrer caballeros en desgracia, El Sarnoso visitó la cueva de Montesinos y heredó los títulos de Alí Athar, padre de Morayma

La aventuras del Sarnoso en las Europas terminaron como es natural en las Españas. Llegó a las tierras del sin par Don Quijote el de la Sarna en busca de socorrer caballeros en tribulación, rescatar donceles secuestrados, calmar acreedores y dispuesto a trabar combate con todos los enemigos de la fe. Requirió para ello apenas al llegar la compañía de Monerete de Andalucía, conocido como El Guatón y quién fuera el escudero del Guatón, el ahora caballero Don Antonio de Jesús, de Sevilla.

Los del mal tienen prisionero en las mazmorras de Manzanares a uno de los más valientes caballeros del reino de Chile, el reputado Caballero del Gato. Acompañan en sus penurias al del Gato su bellísima y noble mujer, Doña Silvia y su hija, asimismo de belleza incomparable, la doncella Lucía. Ellas se ocupan con altivez del muy antiguo oficio de mujer de condenado, con toda la diligencia y discreción que se reconoce a este quehacer, de todos quizás el más noble.

Encontrábase también a la sazón en las Españas el único vástago de Carmen La Gitana e hijo por lo mismo del Sarnoso, el afamado Ger de la Michita. Este joven caballero iniciaba de esta manera sus correrías en Europa hasta adonde había llegado, se dice, convocado por aquel falso torneo de pelotas organizado en París por los enemigos de la fe, que se ha mencionado más arriba en el relato. El de la Michita preparaba de esta manera su próxima venida a estas tierras, a estudiar alquimia y otras ciencias de dudosa utilidad, pero esta vez acompañado nada menos que por Catalina La Molestosa, su novia, princesa de quién se habla en el conocido capítulo CXVIII de este relato y se dice que su belleza es tal, que rivaliza incluso con la mismísima Ximena de La Sarna.

En las Españas, Ger de la Michita se encontró con su amigo–olvidada al parecer la gresca con el mismo sostenida hace algún tiempo por el robo de un arpa–el joven Robertiez de Baeza, quien allí estudia el oficio de juglar. Este Robertiez es hijo de uno de los ricos mercaderes amigos de El Sarnoso, que también se mencionan en el capítulo CXVIII de estas aventuras. El mismo que al momento de este relato había vendido todas sus mercancías–a un mercader del Norte, quién pagó por ellas muchas veces su valor– y decidido dedicarse asimismo al oficio de juglar. Juntos Ger y Robertiez, emprendieron de buena gana con El Sarnoso el camino de Toledo. Dícese que los trasnoches de ambos y el encantamiento del Sarnoso con la princesa de las Austrias terminaron con los tres en Segovia, en vez de Toledo. Allí, al mismo pie del legendario acueducto y para consolarse del camino equivocado, devoraron sin dejar un cuero la mitad de un cochinillo, de los que dan fama a ese pueblo por el mundo entero.

Ger de la Michita y El Sarnoso, junto a las mujeres del prisionero, le visitaron en su celda. El de la Sarna le relató como ha promovido en Chile la conveniencia de declarar la guerra a las Españas si éstas no liberan de inmediato al Caballero del Gato. Se dice que El Sarnoso pasó el tiempo de visita discurseando al prisionero acerca de toda suerte de asuntos de caballería, sin percatarse que el de las rayas tenía un marcado interés en ese momento por la provisión de salchichones y otras menestras que le traían sus mujeres y de los cuales no podía echar mano mientras no terminase el de la Sarna de echar su discurso.

Terminada la visita del preso, la discretísima Silvia de Hernández, su mujer, tomó la conducción del carromato en que la partida había visitado al preso y con la ayuda de la bella Lucía, lo condujo por caminos desconocidos, hacia las profundidades de La Mancha. Atravesando el pueblo de Alhambra y otro en cuyas mazmorras el mismísimo Cervantes iniciara los escritos del Quijote, se adentraron por el campo y hasta las siete lagunas, luego de lo cual y de comerse un cordero, los del carromato llegaron de pronto a la mismísima cueva de Montesinos. Allí, al igual que Don Quijote, El Sarnoso y Ger de la Michita se adentraron en búsqueda del mago Merlín y las princesas que el de la mancha dice haber visto en su interior. Se ayudaron con unas lámparas que encontraron en la cueva y que resultaron ser de un gitano que iluminaba con ellas el camino a partidas de visitantes quienes le pagaban por ello. Al no encontrar las lámparas y para no perderse el dinero, el gitano hizo bajar igual una partida casi a ciegas, con el resultado que una dueña muy entrada en carnes rodó por la cueva a más hondo que El Quijote. A pesar de las lámparas, El Sarnoso y Ger no encontraron en la cueva ni magos ni princesas, sólo un par de murciélagos, con lo cual El Sarnoso confirmó su idea que en esta aventura de la cueva, el Quijote había inventado de punta a cabo las maravillas que luego relató.

Hállase también en España el joven Gregorio del Salto, sobrino varón mayor de El Sarnoso, quien fuera secuestrado por una bellísima española, la joven Belén de Granada, quién se lo llevó a vivir en una cueva, a los pies de los muros de La Alhambra, todo lo cual el del Salto parece acatar de muy buena gana. Coincidió que se hallaban también en las Españas Doña Tuto, Reina del Salto y Magistrado del Onceavo Muladar, hermana de El Sarnoso y madre del secuestrado, así como Don Gregorio de Valdés su afamado padre, acompañado de Doña María Magdalena, hermana de éste y viuda, todos los cuales se juntaron en Granada para conocer de las tribulaciones de secuestrado. Los atribulados padres de la secuestradora, quiénes ya han debido cargar por muchos meses con el secuestrado, se decidieron por invitar a todos a un banquete, con la esperanza de hacer la paz y de lograr un pronto zarpe de la armada invasora venida desde Chile.

Tuvo lugar el banquete en el afamado carmen de Morayma, frente a la Alhambra, y presidían el mismo Don Fran de Granada, padre de la secuestradora y sabio profesor y doña Teresa de Granada, su madre, conocedora de las antiguas artes que curan calenturas y enfermedades de la mollera, oficio siempre útil en las cercanías de la familia del Sarnoso. Estaban también en el banquete los componentes de la parte Chilena que más arriba se han nombrado, la bellísima y discretísima hermana de la secuestradora, la infanta Maité de Xauen y ambos, secuestradora y secuestrado.

Aprovechando un momento propicio, cuando parecía que todos se encontraban felices y más que satisfechos con las delicias de la mesa y los azahares y juegos de agua del carmen, el secuestrado comunicó oficialmente su intención de desposar a la secuestradora. El resultado de tales nuevas fue el súbito atoro de Don Fran de Granada, en cuyo auxilio concurrió solícita la Infanta Maité, quién logró salvarle de morir por asfixia. Las lágrimas de la Reina del Salto, que no acababan de secarse de su emoción al encontrase en La Alhambra con su primogénito secuestrado y su querido y afamado hermano, Don Manuel el Sarnoso, corrieron nuevamente a raudales. Todos los demás comensales no salían asimismo de su asombro ante tales inesperadas nuevas. Pasados unos momentos y como siempre ocurre en estos casos, todos se recuperaron del asombro, empezaron los abrazos y libaciones del caso y la velada llevaba las de terminar en medio de la alegría general.

Fue en ese preciso momento cuando El Sarnoso dice que sintió que unos aromas y melodías embriagadoras invadían el carmen y que por entre los naranjos del jardín se le apareció, esplendorosa en las galas de los vestidos y joyas, todas prestadas, que usara el día en que desposó a Boabdil, el Rey Chico de Granada, la bellísima y desgraciada Morayma, quién pasara en ese mismo carmen del Albayzin los días de su exilio, mirando la Alhambra de la cual fue Reina por una día. Según El Sarnoso, Morayma se le aproximó y rozando apenas con una mano de finísimos dedos el collar que la princesa de las Austrias había colgado al cuello del Sarnoso le dijo: "Oh noble caballero de la Sarna, a quién sus aventuras han traído a este carmen de mis desventuras, he reconocido en ese collar que portas la única joya de mi ajuar que fuese mía, dada por mi padre Alí Athar, vendedor de especias y general famoso, que siendo muy rico vivió pobre, ya que sus rentas las invertía en la defensa del Reino. A ti, noble Sarnoso, que por el mismo motivo que mi padre, casarás a tu hija con vestidos y joyas prestadas, te corresponden en derecho el collar que ya llevas puesto y todos los títulos de mi padre, Alcaide de Loja, Señor de Xagra, primer mayordomo de la Alhambra y alguacil mayor del reino de Granada".

Se dice que en ese momento el de la Sarna incluso olvidó completamente a su Señora, la de Cádiz, lo que es posible si se considera que su alianza con La Gitana se hallaba por ese entonces en entredicho. Si tal olvido existió, del mismo dio rápida cuenta La Gitana, a no más volver El Sarnoso a pisar sus tierras. Enterada la de Rodenas de las aventuras de El Sarnoso en las Austrias y el verdadero origen del collar de Morayma, le saltó al cuello como fiera para intentar arrancárselo. Se dice que fue de esta gresca que resultaron unas cicatrices que El Sarnoso todavía ostenta en su cuello y que, según afirma, le habrían sido inferidas por infieles sarracenos que le asaltaron en el paso de Despeñaperros.